Tuesday, August 30, 2005

En honor a Carlos Mares... de Carlos Mares

Natalia

Tomará algo más de tiempo ceder a los fuertes calmantes que me suministran aquí. Y no me tendrán tan fácil. Es esa enfermera con ojos de gato que se ve alterada e impaciente quien me tiene inquieto. He supuesto cuando me inyecta con aquel descuido premeditado y negligente y cruel, infligiéndome tremendo dolor en la vena del brazo, que trata de terminar conmigo. Queda expuesta cuando finjo estar dormido y ella murmura cosas indecibles sobre mí. La he oído desearme algún repentino malestar incurable, que me tuviera agonizante, y por ende a su merced, durante largo tiempo. No he mencionado que lo que me tiene hospitalizado es un cáncer. El cáncer que Natalia me provocó. Iré algo más atrás, a dónde Natalia apenas era visible. La conocí cuando buceaba en los arrecifes de San Francisco Arcángel, en Cancún. Al principio pensé que era una medusa salina engañosa, que al hacerse pasar por sirena-anguila, quería morderme y tragar mi piel, y hacerse un anillo con uno de mis ojos. Pero no. Resulto aquella idea muy absurda comparada con las verdaderas-perversas intenciones de Natalia, quien al verme no comenzó a cantar, sino a sacar uvas de su vientre y mandármelas directo a la boca entre la corriente del fondo del mar. E inmediatamente después de la octava uva, Natalia se hizo arena, que dentro del mar parece talco de humo. Pero dejó flotando entre las burbujas que provocó, un pequeño teléfono celular timbrando, que tomé deprisa y escuché a través de él la voz de un jet ultrasónico que me decía mientras mascaba algo que seguramente eran muéganos: No por tener mueca de aguacate, soy menos mujer que Judith, desesperada por querer y por rendirme a los pies cansados de un hombre-muertero, de adorarlo como una araña adora una vela titilante. No soy de oscuridad-maltratadora, sino de pecho de gorrión.
Entendí que Natalia no era sino mi amuleto de conciencia, y que con el tiempo se volvería una arracada que no saldría de mi oreja, la que por desgracia tengo sorda. El riesgo sería después que se apoderara de mis decisiones. Entonces sería yo embrión de girasol. Nada más peligroso para un hombre que ser terminante primer eslabón en una cadena alimenticia de barracudas-puma.
La conclusión a la que llegue era sólida y creíble, hasta que la voz dijo: Fin del mensaje. La llamada tuvo un costo de veintidós pesos con quince centavos, y será cargada a su recibo telefónico del mes siguiente. Si desea hacer otra llamada, oprima 1. Si desea remarcar al número telefónico anterior, digite 2. Si desea... Colgué de inmediato. La voz de una operadora. Eso había sido. Mi botón de orquídea era una empleada de traje sastre, peinado recogido y sombra café en los párpados, detrás de una computadora con un teléfono manos libres prendido de la oreja, conectando llamadas a través de todo el cosmos. O el caos. Visión tan aterradora nubló mi vista como tinta de pulpo, y de repente comencé a sentir la falta de oxigeno. El tanque estaba vacío y yo pisando el fondo del mar. Recogí unos cuantos diamantes y llaves de secretos. Y nadé a la superficie.



Alicia

Fue sencillo haber amasado aquella fortuna durante los setentas. En aquel entonces Carlos sabía que una
9 Mm. era algo irresistible para la mayoría de Mimos-Ejecutores que conocía. Un socio en Beirut, Alicia, le enviaba las armas escondiéndolas entre las alas de las arpías-delfín, en una bolsa envuelta en cinta de aluminio debajo de los trenes de aterrizaje, en complicidad con un amigo del aeropuerto del Líbano y otro del aeropuerto de Praga. Uno más en el de Londres, y el ultimo en el de la cuidad de México. Por partes iguales se dividían los rubíes producto de su negocio. El negocio se detuvo cuando Alicia fue detenida en marzo del 85, al registrarse como paciente en un hospital de Madrid para aumentarse un par de tallas de busto. Supe que había salido de prisión, que se había casado y que se mudó a París. De hecho supe más: que la recuperación de su operación no fue exitosa y los implantes se le reventaron y hubo que operarla de gravedad, que su esposo la dejo por esa causa y que se había tomado un frasco entero de barbitúricos que ni la han matado pero sí la dejaron trastornada, viviendo en una casa de asistencia en Rue de l’Industrie número 15. Cerca del aeropuerto, escuchando los aviones aterrizar, atrayendo recuerdos, sola y en silla de ruedas. Viviendo de una pensión miserable que le otorgo el ex esposo. Nada más. Me hubiera gustado volver a verla y recordar con una botella de buen coñac aquellos tiempos, y hacerle el amor a las cicatrices de su pecho. Pero me duele saberla herida desde lo profundo, donde nada puede aliviarla.
Heather era una parte esencial en el trabajo. La recuerdo de una manera; botas con tacón altísimo, pantalones negros, cabello teñido de azul cobalto y un piercing en la ceja derecha, disimulando una cosa nada más: Que era guapísima. Dejaba correr el rumor en las cantinas donde se reúnen hoy todavía las bandas de mafiosos gringos o norteños o canadienses para arreglar negocios, que un contacto de confianza, a quien ella indiscutiblemente se había cogido y no él a ella, tenía un embarque de espadas-taladro para vender. Y tan pronto la escuchaban, surgían enamorados para Heather, queriendo robar su corazón informador. La venta se cerraba casi siempre en las recamaras de los jefes de las bandas, en residencias ostentosas, no lujosas ni elegantes, o dentro un auto blindado, siempre desnuda, excitada, volviéndose una empresaria exitosa desde muy joven.
Heather nació en Ámsterdam, y emigró a México con su madre partera, cuando aquella clínica sin permiso de intervenir fue descubierta por la INTERPOL. Vivió hasta los diez años en Comala, al lado de hormigas-rata y ancianos de traje de pana café que cantaban afuera de sus casas humildes canciones-coplas de su fallida revolución. La madre de Heather, Cenicienta, murió al caer a un pozo de donde trataba de sacar un poco de Peñafiel de toronja para la comida. Tenía 39 años, ojos violetas, pantalones a rayas, y muy pocos sueños por cumplir. Murió dentro de aquel pozo ahogada en Peñafiel, porque no sabía existir, porque nadar si sabía.
Heather quedo sola y sin comer aquel día. Dejó pasar unos meses, y cuando despertó en un panal, desnuda, con 19 años, cubierta de miel y tan hambrienta, comenzó a vender cascabeles y coralillos en la orilla de la carretera a Manzanillo. Las iguanas no, porque le decían que eran hadas. Los armadillos no, porque eran esclavos de los coyotes y se desataría una guerra. Pero no contempló nunca los alacranes. Los alacranes le daban miedo. Más miedo que toda otra cosa en el universo entero. La casa de Heather era un hotel para los fantasmas y los recuerdos. Y un día tomo sus serpientes y pidió aventón en la carretera. Esa tarde de febrero la guerra entre coyotes y armadillos abrió los desiertos y los oasis, y Comala se volvió un aguerrido cruzar de balas. Hasta el presidente, el General Díaz, tuvo miedo de intervenir. Ahora todo camión que va hacia Comala, va en realidad a Nuevo Infierno, Tamaulipas: Zona en conflicto. Heather llegó a La cuidad de México un miércoles. Se instalo en el Hotel Bammer, en la alameda, mientras encontraba algún trabajo como alquiler de buena-mala fortuna, que era todo lo que sabía hacer. Le dieron la habitación 123 en el cuarto piso. A Carlos le dieron la 456, un piso más arriba, el jueves por la mañana.


El hijo menor de Ho Chi Minh.
(Or Murdered by a complex tool)

Carlos era un traficante sagaz y fiel, pero con mala suerte. La embaucó con mentiras y al final quedó él tan ligado a Heather que nunca más la apartó de su pensamiento. “Eres parte de mi conciencia”, se repetía aquella mañana cuando se enteró por el periódico que uno de los negocios que lo ayudaría a retirarse había salido mal. Dejo de pensar que dentro de poco dejaría el negocio de las 9 mm. Que compraría una casa en provincia y un buen automóvil donde saldría sin rumbo fijo, sólo a recorrer la carretera hasta que todo terminara. Los pensamientos de Carlos aquella mañana no eran sino placebos para alejarse de su cotidianeidad y, paradójicamente, dejar de pensar. Llegó a pensar en hijos y en un perro corriendo en su jardín, en un paseo de domingo o en una comida familiar al mediodía. Nada muy intrínseco ni muy difícil de resolver sin una imagen de Heather junto a él. Nada más. Aquella mañana optimista, que para la hora de la comida le resultó una meditación inútil.
Intuyó que había sido un arma japonesa, y que los pensamientos de Heather eran manzanas que vivían del recuerdo. Imaginó a Natalia, vio su pasado como una novela tierna sobre una niña bien cuidada y muy querida. Todo al mismo tiempo. Se detuvo en todo lo que le impedía concentrarse. Se altero por la mañana, al leer la noticia: El informe del forense reveló que no había bala alguna dentro del cuerpo del señor Valdemar. Se preguntó porqué el aroma a licuado de fresa, y las estrellas tatuadas en su memoria ya ni tan lúcida ni tan fresca como cuando lo conoció. Sin duda había sido Judith. Sólo alguien como ella pudo haber conseguido un arma así. Sabía de quien. El hijo menor de Ho Chi Minh, un inmigrante vietnamita que desde 1985, vendía ese tipo de armas. Armas-sable. Pistolas inteligentes capaces de odiar, de recordar, de dirigirse y obedecer. Una Pistola-Dragón, con 8 balas de hielo en el cargador y una en la recamara, que penetran y desgarran piel, órganos y huesos, calcinan la herida y finalmente se derriten dentro de la victima cuando el daño es irreparable. La que el hijo menor de Ho Chi Minh había vendido a Judith era un revolver acuñado por su familia hace casi 200 años. Cuando el fuego era puro e indivisible, y el acero corría por laderas que dejaron los volcanes de la antigua China, cuidado por tigres, maldito dinastía por dinastía. El hijo menor de Ho Chi Minh la vendió por unos gramos de heroína. El hijo menor de Ho Chi Minh recordó esa tarde a su hermana mayor como se suicido junto al lecho de su padre que había fallecido de un paro cardiaco. Tomo aquella Pistola-Sable y se voló la garganta. Él espiaba desde la puerta de la recamara. Se escondió en el jardín, y creció con el recuerdo de su hermana con la cabeza hecha pedazos tendida sobre la duela. Regresó a Tokio muchos años después. Sin afán por algo. Sólo la necesidad inmensa de olvidar.
Carlos no entendía la presencia de Judith en todo esto. Nunca había odiado al señor Valdemar. Vivían en el mismo edificio de departamentos y podría decirse que eran amigos. En una ocasión, durante la cena de navidad en casa del señor Valdemar, Judith asistió y platicaron tan amenamente hasta la madrugada, hacían las compras juntos cada lunes por la noche. Incluso el señor Valdemar le encargo su gato a Judith cuando se fue de vacaciones a Baja California en semana santa, hace un año. ¿Quien habría pagado entonces a Judith para matar tan cruelmente al señor Valdemar?
Carlos no podía imaginar como consiguió Judith las balas de Brujería, que así es como se conocen en Ciudad Juárez, donde muy pocos sabían conseguirlas. No había otro lugar donde hacerlo. Las Balas se fabricaban a mano por un artesano chino y su familia, en una casucha cerca del río Bravo, y eran subastadas en algunas cantinas en Ciudad Juárez. A pocos se les avisaba de la subasta. Y todavía a menos les alcanzaba para pagarlas. Judith no era una de ellos. Sus padres eran dueños de una de las empresas de productos lácteos más importantes del país. Tenía una maestría en Ciencias de la comunicación. Un trabajo en una de las cinco mejores agencias de publicidad de Estados Unidos. Un sueldo de varios cientos de dólares mensuales. Un trabajo extra como desnudista en un bar de San Antonio, donde ganaba para cualquier cosa que se le antojaba. Un BMW, un penthouse en Manhattan, propiedad de su madre, aunque era Judith quien frecuentemente lo visitaba. Y en efecto era una variante romántica del asesino a sueldo, que seduce a la victima, la obsesiona con ella, le saca todo lo que tiene, lo elimina y entonces alguien más desaparece todo rastro. Una viuda negra en nuestro modernísimo siglo. Crímenes limpios que le sustentan una vida cada vez mejor. Sin embargo no es el tipo de persona que hubiera aceptado un trabajo como el del Señor Valdemar. Judith no es del todo fría. De pronto es una sentimental y una perezosa.
Aunque había una posibilidad: Patricio Dorantes. Estuve en una de esas subastas de armamento militar hace unos meses. Se habló de un sujeto, un millonario francés, que compró por fuera varios cientos de balas de hielo para rifle de asalto Beretta M-59. Durante la subasta sólo se dijo que aquellas municiones no estarían de nuevo en venta sino hasta el año entrante. Como sea, lo único interesante para mí fue aquel embarque de doce Sterling calibre 9 mm modificadas especialmente para la milicia Inglesa y aquélla misma noche cerré un trato con un grupo de teatro de artistas-maniquíes de Osaka, una familia de traficantes-magos japoneses muy interesados en la cabeza del francés.
Estaba acostumbrado a transportar mi mercancía de regreso a México en tren. Confiable, con escasa seguridad y más seguro que los autobuses y los aviones. Y aunque esta vez no tenía más mercancía que transportar, abordé el tren a México a las seis de la mañana. Carro seis. Asiento seis. Se sentó junto a mí un hombre de modales gentiles, sencillo y harto conversador. Laureano Landeros, un gallero-cuentista profesional, el hombre con más suerte en Sonora, y el que más enemigos tenía también. Laureano, me dijo, le decía a su hijo Julián que habría de vengarlo una vez que alguno de aquellos gangsters-tenores le diera muerte.
Tal vez haya sido Patricio Dorantes quien contrató a Judith y le proveyó las armas. La pregunta es porqué.


Sorry about has been a problem for you.
(O El fénix)

Mitad marítima, su mal congénito. El frío impedimento para una golfa como Heather. “No puedo abrirle mis piernas a cuanto hombre me plazca. Eso me tiene insatisfecha.” Ese era un sueño recurrente, pero ser sirena nunca le resto esa capacidad de anticiparse a lo peor. Ser durmiente y tener esas horrendas pesadillas premonitorias era una adición propia de su febrilidad. Si sus sueños se volvían hechos ciertos, sus andanzas de café en café serían cruzadas recordadas después, en conversaciones de cafeterías del futuro. Cadenas de cafeterías con un anuncio de su nombre escrito enfrente de ellas. Donde todos pudieran hablar de lo que les acontece con una maquina contestadora, intercambiando alguna anécdota dejada por un cliente anterior, pensó frente al semáforo en el autobús urbano que se detuvo frente a su peugeot 406. Pensó que si su auto fuera un porta aviones de dos mil toneladas se lo hubiera echado encima a todos esos obreros, recién salidos de sus casas, con el cabello mojado aún de haber salido apenas de bañar, para que no llegaran a sus trabajos monótonos y tristes. Era Deftoniana, creía en una alteración de las leyes del caos para la formulación de un orden moderno, donde vacío fuese igual a rayado, y por ende repetitivo. Entonces, al dar la vuelta a un problema x, sólo es en pos de la postergación de la desgracia, mas al remover por completo de la aguja el disco entero, la formulación anterior se replantearía y dejando abiertas nuevas variables incuantificables e inclasificables en orden de positivas o negativas. Posibilidades ilimitadas para el escucha. Tendría capacidad de discernir. No sería la autómata de un sintetizador postrado e iluminado artificialmente. La leche en el cereal condensaría distinto cada mañana, Premios en efectivo dentro de la caja. Publicidad con su fotografía en la revista Harper’s. Pérdida de peso, de estados de conciencia. De vida pasiva. Su percepción estaría alterada, modificada en función de mecanismos incomprensibles para la mayoría, pero no para quienes Lleno fuera igual a cíclico y controlado. La nueva apariencia, la verdad estéril y destilada. El tequila derecho. La certeza. El epicentro.
Heather agarró fuerte su rosario, rezó con empeño (y desatino, a decir verdad) el Ave María-Tenebraris que su abuela le enseñó. Piso el acelerador. Pensó en el día que su madre la dejó. En las sillas solas de la mesa. Se mojó los labios. Se arregló el rimel en el retrovisor. Sacudió el polvo de su pantalón nuevo. Aceleró y se estrelló contra el autobús. Trataba de ver a su madre muerta entre los cristales rotos y la sangre en su frente. Alcanzó a ver a un paramédico quitándole su reloj Gucci. A un enfermero inmovilizándole el cuello y deteniendo la hemorragia de su boca. No despertó hasta el hospital, luego de dos operaciones y nueve días en terapia intensiva. Lo primero que pensó es que no podría pagar la cuenta del hospital. Trato de incorporarse pero sólo se lastimó. Lloró por un instante. Heather sobrevivió al peso de sus hombros.


Estocolmo
(O Pobre Justina engañada)

Recordó el viaje a Estocolmo de hace cinco años. Recordó a Justina con su vestido negro y su cabello negro. Enamorada y sádica. Justina le enseño a destilar el veneno-perfume de los alacranes. Mientras recargaba el arma recordó su casa, cómo abandonó a su madre a los 24 años. Que salió de casa sin hablar, que tomo un autobús a la ciudad de México. Sabía que difícilmente regresaría. Quería tanto a su madre, pero no fue capaz de decírselo. La última conversación que tuvieron fue acerca de una cena. Él no dijo una palabra. Y su Madre estaba cansada de insistir. Carlos supo que no habría otra oportunidad jamás, por eso se fue. Conoció a Justina en la escuela de idiomas de Santa Fe. Justina estudiaba chino. Carlos debía aprender ingles de inmediato si quería un aumento de salario. Y fue Justina quien hablo primero, y ella quien lo invito al negocio del veneno. -Los suicidas lo necesitan-, decía. Y fue Justina quien casi se atreve a quererlo. Olvidó el silenciador en la mesa de noche, junto a la cama. Pensó en las flores de Justina, en la voz de su Madre. Justina le pidió que la acompañara a su casa, hasta Francia, a Saint- Étienne, al funeral de su Papá. Justina no lloró aquella vez sino hasta llegar al hotel-restaurante, porque no quiso quedarse en su casa con su madre. -Prefiero dormirme contigo, que sabes a flan- le dijo a Carlos. Al día siguiente desayunaron en el Cafe des Arts, en el centro. Pan y rebanadas de mango para componer el corazón endeble de Justina. Al mediodía visitaron a una vieja amiga, Carla. Ella y Justina tenían un grupo de Chill Out cuando tenían diecisiete años: Le fabrique du noise. Carla sufría de asma, y los ácidos mermaron su salud casi al punto de la muerte. Hoy estaba controlada su adicción, pero ella se había vuelto loca. Viajaron a Reims en tren-papalote. Vieron a Los Deftones un domingo por la noche. Ya antes los habían visto juntos en el salón 21 cuando estuvieron de gira por México. Aquella vez Carlos perdió el empleo por haber faltado a trabajar. Estuvo con Justina desde la mañana esperando entrar al lugar. Catorce horas después vieron a Deftones desde la tercera fila.
Loops sobre un ramo de flores, sampleos sobre el jugo de una mandarina. Eso había acabado hace tanto. Quedaba en un solo disco de 45 revoluciones y en el la memoria de Justina. De regreso en Saint-Étienne comenzó todo. La tienda de los venenos cobró forma. La manifestación del futuro. -El mejor veneno es el del alacrán de México, el de León Guanajuato. Si destilas el veneno del alacrán, le das el aroma de un tulipán herido y negro, lo enfrascas en carey y zafiro y lo etiquetas de azul marino, tienes la muerte envasada. Lo que los tristes necesitan. Puedes vender cada frasco hasta en 350 pesos. Y se vende mucho, en serio. La fortuna deviene de esas sutilezas que nos resultan tan útiles.- Así nació El té de Mariposas, y la tienda de Té de Juanolo, en Tijuana. Un año después, El 25 de febrero, salieron hacia Estocolmo en busca de tréboles y yogurt de mar. Carlos recordó que era el cumpleaños de Sabrina, un amor idílico de su infancia y no pudo evitar entristecer, recordó que su voz eran vértices de una estrella y sus sandalias tenían suelas de sandía, para los meses de calor.
Transbordarían en Londres a las 8 de la mañana del día 26. El avión de México a Londres cayó al mar a las 11:30 de la noche. A las 6:40 de la mañana del día 29, los equipos de rescate dejaron de buscar sobrevivientes. Hubo 106 muertos. Carlos regreso a la ciudad de México el 9 de marzo. Justina no sobrevivió.


Por venganza.
(Or A car accident)

-Una taza de chocolate con hachís, por favor. No sé que hora pueda ser Carlos, perdí mi reloj en un accidente hace veintiún días. Un accidente automovilístico- El olor intenso a marihuana le provocó a Heather una gripa tremenda, tuvo que salir de inmediato y sin despedirse de Carlos rumbo a su casa e inyectarse hiper-anticuerpos que controlaran los graves síntomas. Pensaba que se descompondría y que una bestia deforme y despellejada iba a emerger de su cuerpo cortado. Atravesó la Rue Morgue deprisa estrellando los tacones de víbora contra el piso de hielo. Habían quedado esquirlas y casquillos regados en el suelo, de los enfrentamientos del día anterior. El movimiento militar Apoteótico-Lautreccista había dado el golpe de estado contra Regina Decor Carmelis, diosa definitiva de la religión católica y el imperialismo. El humo en el aire la deconstipó. Entró a una tienda de flores antiguas, flores persas y egipcias. Botones de Babilonia y Sodoma, semillas exuberantes muy hermosas y muy caras. Preguntó si tenían la flor de aura, pero la empleada, Ariz, se puso nerviosa al escuchar la pregunta. - Esa flor no se vende más desde hace mucho tiempo. Provocaba discordancia y desvaríos. Hoy la gente usa la mandrágora que es altamente alucinante-invocativa. Puedo venderle semillas o flores. -Me interesaba por la flor de aura, pero gracias- contestó Heather- y salió del local. Los estimulantes no calmaron sus nervios alterados. Tampoco el nuevo disco de Deftones que consiguió en el super-mercado. La plática con Carlos ya era impostergable. Debían ponerse de acuerdo para el trabajo del señor Valdemar. Descolgó el teléfono y marcó el numero de Carlos, 01 074 023 800 088 075 024 144 25478 65978 26578 32541 38472 21788 38615 25488 24. Insistió en que no debían verse sino hasta el día en que ocurriera. Acordaron verse en el café de Esparta, donde vendían el té de canela no-venenoso que le gustaba a Carlos. Solía ponerle seis cucharadas de azúcar y esperar un poco a que se enfriara. Habló con Heather acerca del pasado que parecía tan remoto, como si el hotel Bammer hubiera existido en la Roma clásica. Y las discusiones comunes fueran batallas épicas donde había un solo magnánimo, Carlos, y una perjúdica, traidora que terminaba siempre siendo una puta y una cualquiera, Heather. Ambos terminaron muy lastimados y sin ganas de seguir juntos un minuto más. Pero fueron caminando hasta el apartamento del señor Valdemar, pero sólo encontraron su cadáver podrido sobre la alfombra. Con el control remoto en la mano hinchada. Y con los ojos desorbitados de miedo. Había olor a excremento y humo. La televisión quedo encendida y el aroma de Judith que no se va nunca. El aroma a jazmines y tigres recién paridos. ¿Han visto nacer el mal materializado? Tiene apariencia de un tigre. Luego crece y se vuelve Judith, pero antes es un tigre de Bengala en un capullo. Salieron rápidamente del apartamento. Defraudados y sin dinero una vez más. Sois asaltantes que malviven de la herencia concedida de un victimado que indefenso e inocente, ni se mueve, yerto tiempo ha, por la embriagues que le provocó una bala-estaca en el cuerpo. Así es la razón social de Heather y Carlos, que se tenían a ellos mismos, pero no se darían cuenta sino hasta llegar cada quien a casa. Carlos desciende directamente de los Iscariote, una familia de mentirosos y traidores. Carlos que se siente solo y busca un motivo aparente para justificar tantos actos que tiene en mente. Carlos que le busca nombre a sus ideas, terminó por asistir a ejercicios gnósticos los viernes por la noche y rematar en la cantina de la esquina de la calle de la calavera: El Filos. La noche del 15 de septiembre se encontró por segunda vez a Natalia, la misma ninfómana-medusa ahora completamente borracha que llegó diciendo que un ex-novio le acababa de quitar el brasier (strapless, advirtió Carlos) sin habérselo desabrochado, y que lo había cacheteado afuera, y que ella sería todo menos una pendeja que se deja mangonear por un güey celoso. Así que se sentó al lado de Carlos y empezó a llorar hasta que se quedó dormida con la frente sobre la mesa. Carlos le robó la cartera de su bolsa, pago sólo su cuenta, y se fue. En la cartera de Natalia (aún no sabia que se llamaba Natalia) encontró su credencial de elector (ahora sabía que se llamaba Natalia), cien pesos más, una oración al anima sola, un recorte de Trent Reznor y una hoja doblada con un mensaje: “Lo que tengo son flores y dados para jugarte en terciopelo con todo y mi mala suerte de danzarina, porque quiero que te quedes conmigo debajo del agua haciéndonos hielo. Hasta ahogarnos, hasta que los peces se acuerden de nosotros y nos devoren entre tortillas, estrellas y pan. Con amor, Alicia.”
No era comprensible, obviamente, y decidió buscarla para entenderlo mejor. Quería comenzar el trillado juego sexual de Caperucita y el lobo una vez más, a pesar de su mala suerte.
Un cráneo hermoso.
(O Una cebra, un panda y una vaca)

Compró plátanos (10 pesos kilo), un litro de leche (lala, deslactosada, 14 pesos) y una pieza de pan (una concha con una bolita azucarada al centro). Al llegar de vuelta a su casa prendió la televisión pequeña de la cocina. Películas gore a las 8 de la mañana (Night of the living death) Puso la leche y los plátanos en la licuadora y vació azúcar. Demasiada azúcar. Se quitaba las sandalias, le gustaba andar descalza por la casa. Esa casa impresionista era una extensión de los paisajes y los cuadros impresionistas dónde siempre la miraban adornada de violetas, esas ganas de ser tocada por el hombre-gorila lomo plateado. Se ve en el espejo del baño su calavera blanca, simétrica y precisa, “Un cráneo hermoso”, le decía Carlos hace demasiado tiempo luego de hacer el amor antes de bañarse en la mañana.
Atenida al aire que la despeina. A un novio que ha conseguido en una ruleta rusa. Se pone una camisa (su única cosa Christian Dior, que encontró de rebaja en el Palacio de hierro). Decidió esconder sus senos tras cortina blindadas. Puso Aenima, de Tool, en el micro-nanocomponente. Tras un minuto decidió no ir a trabajar al nosocomio. No se bañó. Se soltó el cabello y se puso a dormir. Soñó con ser de nuevo un embrión y retroceder al vientre de un lagarto. Despertó con dos años menos, con el cabello como hace dos años, sin tinte. Se miró la ropa, era la de hace dos años. Busco la fecha, y el calendario era de hace dos años. En su credencial errante apenas se reconoció. Había nacido dos años antes. (Una credencial errante es una identificación poli-valida, traspasable, inherente al portador y con fecha de caducidad, que se otorga a ciudadanos que han sufrido de amnesia o que son mentalmente inestables o físicamente mutables. Así que resulta difícil conocer al dueño legítimo con el solo hecho de leerla. Tienen incluso varios nombres, pero Natalia, el quinto de la lista fue el que le gusto. 21 años, o 28 o 35. Rubia, o pelirroja o morena. Mexicana o inglesa o peruana o nicaragüense). Tenía otros recuerdos, cicatrices de sol hechas en Comala, en Tequila, la curación del niño doctor de Chalma; de Taxco, de que trabajó en el peor de los burdeles y se alquilaba para lo indecible prestándose a que le dijeran “Caprichos”. Y sin embargo no dejaría que eso la turbara. Tomó un baño y salió a la calle. Comió un pedazo de pastel de tres leches en una cafetería cercana. Rentó una película (Bride of Frankenstein) y se quedó dormida a la mitad en el sofá. Despertó para quitarse los tenis con la punta de los dedos de los pies e irse a la cama. Los tenis puma color café-arena, que su madre le obsequió en navidad el año pasado, más como la forma vaga, subliminal de decirle que la quería demasiado, que por la sapiencia de que Natalia los necesitara realmente, y ahora les había tomado un aprecio incalculable. Después de todo, su madre intuyó con su clarividencia de madre que le gustarían, cuando Natalia odiaba usar siquiera cualquier tipo de zapatos. Lo que le gustaba era andar descalza con la extraordinaria habilidad de suspenderse a escasos 1.58750 Mm. de las superficies.
No atendió ninguna otra preocupación ese día. Mañana iría a trabajar de 21 años otra vez.


Gaza, Palestina.

Esther y Lolis se conocieron por haber recortado el mismo recorte de periódico: Un anuncio donde se solicitaban personas muy parecidas a Janis Joplin. Fue en Manchester. Esher tendría 18 años, y nunca se intereso del todo en el pasado de Lolis. Habría una audición para un comercial en pro de la legalización del té de mandrágora, que mostraría una joven y viva Janis tomando una botella del té. Ambas eran muy parecidas, pero más parecidas entre ellas, que parecidas a Janis.
El reverso del recorte tenía una foto peculiar: una niña ensangrentada corría con su brazo izquierdo desprendido. Sin zapatos, protegiéndose de las ráfagas en las calles de Gaza, Palestina. Leyeron la noticia mientras esperaban en la pequeña sala de sillones púrpura. Martina Nicolaievitch, de doce años, había salido huyendo de una casa en ruinas luego que su hermano mayor, Pietro, fue alcanzado por las balas. Vio como explotó primero su frente, luego su cara entera. Martina salió corriendo sin percatarse de que su brazo colgaba de su hombro. No se dio cuenta sino hasta que el pedazo cayó al suelo. Tantas partes dejaron de responderle: los oídos, las piernas, los sueños. Martina recogió su brazo y le pareció inmensa la distancia hasta el suelo. Empezó a correr sin dirección buscando a su madre en medio del ruido de ametralladoras. Encontró sólo a un paramédico que ni siquiera hablaba su idioma. Y despertó un día después en un hospital improvisado en un banco. Rodeada de moribundos y cadáveres. Había entrado en shock desde que los disparos mataron a su hermano y le habían destrozado el brazo. Y la nota aclara que la fotografía pudiera ser de un fantasma, porque Martina se quedó hablando con su hermano muerto hasta que los enfermeros-francotiradores la encontraron.
Lolis terminó de leer antes. Miró las piernas cruzadas de Esther y se detuvo en sus zapatos Fendi casi nuevos, idénticos a unos que ella tenía en casa.
-Esther Palacios- dijo una señorita desde la última puerta del pasillo de paredes con el tapiz amarillento. Y Esther se levanto de la silla y dejo el aroma a un perfume delicioso. Lolis permaneció sentada casi una hora más, nerviosa e impaciente. En todo ese tiempo, solo pasó un par de ejecutivos enfrente de ella, que miraron con poca discreción por encima de su escote. Tomó un refresco de la máquina despachadora. No fue llamada nunca desde la puerta al final del pasillo. Intento pedir información, pero todas las oficinas estaban cerradas. No había ningún empleado. Simplemente el día terminó. No vio de nuevo a Esther, y determino que eso fue una alucinación o un lapso perdido por su cabeza estúpida y que solo le podría pasar a una estúpida como ella. Salio del lugar con la extrañeza en el semblante, enfurecida y entristecida. Tomo un taxi a casa, un pequeño departamento en el centro cuyos gastos compartía con una amiga, Carla. Cuando llegó, ella no estaba, había dejado un recado sobre la mesa de centro junto a la maceta del bonsái: “Ojitos, he ido al aeropuerto a acompañar a unos amigos a tomar su vuelo. Estaré para ir a comer juntas como a las cuatro. Besos. Carla.” Eran casi las tres. Así que decidió esperar y comer solo una pieza de pan con mermelada mientras veía las noticias en el televisor. Sobrevivientes del avionazo de hace cinco años en Londres, que fueron rescatados por un buque pesquero y llevados a Malasia, al fin fueron deportados a sus lugares de origen. Dieron la lista de los nombres. Más de veinte Londinenses, Una pareja Guatemalteca, Un varón y un niño de Milán, una mujer Argentina y una más de Estocolmo. Esta última había tramitado una identificación errante durante su estancia en Beijín y su regreso fue a la ciudad de México con esa nueva nacionalidad.
El empleado de la aduana le hizo notar lo gracioso de su acento al ayudarle a recuperar su equipaje de un malentendido en el aeropuerto. Amablemente le indicó que había que le faltaba a su credencial errante un resello especial para el libre tránsito por cielos nacionales, si es que quería transbordar libremente en los aeropuertos y viajar libremente dentro del país. Le dio referencia de la ventanilla donde debía solicitarlo y ella acudió pacientemente a sabiendas de la enorme fila de personas en busca del mismo resello. Quince minutos después llegó frente a la ventanilla y una empleada malhumorada le dio a llenar una forma azul. Cuando terminó se la entregó a la empleada, quien no supo pronunciar su apellido. ¿Iffelle? -Inquirió la empleada con un gesto que la hizo ver de un aspecto monstruoso-fatal- No señorita, es Eiffel: E-I-F-F-E-L. Justina Eiffel.


Inés

Carlos, pósate en la luna. Pretende ser un Ocelote descalzo. Ve a la sala. Recuéstate en el diván por diez minutos, cree que somos de piel de dulce de leche. Pero no prendas la televisión si están pasando el despegue, o la noticia de que tembló. Vimos la imitación barata y mal impresa del cuadro de Ofelia muerta sacudirse hasta que el clavo del que pendía se salio de la pared, recién nacido.
Carlos, toma unos billetes del mueble junto al sofá y sal a comprar un arma. Encuentra una cebra. Enamórate de la manera en que exhala, pues te quitará memorias.
Carlos, detente a escuchar su pulso, ve que no es una piñata, vende a un relojero el arma y toma un tren para Cancún. Adórnate la piel con destellos de pirita.
Carlos, vende tu amanecer color naranja a cambio de información de los dientes de Natalia. El informe detallado de que Natalia era para esos entonces una constelación. La selva espesa.
Carlos, enfermas, toses los juguetes que te dieron cuando niño. Devuelve a las cabras la malicia, y hazte blanco, hazte balero y grano de café.
Carlos, ahora despierta y olvídame, se que odias que te lo pida. Hazlo por favor.
Ven seguido a Carlos con una guitarra, tocando puerta tras puerta, buscando dientes como aquellos, dientes depredadores, dientes de orquídea, como los de su Natalia.
Inés, que vende pan en la esquina del hotel le dice siempre tenga cuidado con las espinas de rosa. A pesar que es ciega, Inés sabe que a Carlos le hubiera gustado invitarla a subir a su departamento, hacerse el ingenuo para decir que le gustaba y que sentía algo especial, una emoción interna por ella, aunque lo único que quisiera es verla desnuda frente a él y tocar su cuerpo indefenso y desconocido y abusar de ella inofensivamente. A una ciega no deberían robarle el tiempo con insultos a su inteligencia. Menos a una como ella, que sus dedos siempre saben a concha. “Te los daría a probar todas las noches, y te permitiría que te los comas.” Pensó Inés, solo que a veces se volvía también muda y algo idiota, como decía. También desvariaba constantemente. Le era difícil contestar una pregunta llanamente. Se envolvía en aclaraciones y notas y citas de eventos que no venían a lugar. Era elocuente y terminaba por fastidiar a la gente que no la conocía, por esa voz suya como de una niña de seis años. Por eso aquel día en que Julián Landeros le preguntó por un Carlos Iscariote, Inés se puso a enumerar las veces y el estado anímico de Carlos cada vez que le ha comprado pan desde que llegó al hotel, le mencionó que su voz tiene un poco del acento francés que adquirió de su estancia allá, y que le parecía estar hablando con un hombre eternamente deprimido cada vez que se encontraba con él. Julián se libró de Inés y subió a la habitación 456 y llamo a la puerta. Carlos dejó de escribir una carta con tinta azul a su dulce Heather. Debía avisarle que partiría de nuevo a Saint Étienne a recuperarse de sí mismo, a pensar y a esclarecer con el propósito de comenzar desde cero, de pulir los oídos hasta que las viejas canciones le sonaran a nuevas. Había rapado su cabeza muy de mañana. Y sentía el buen humor recorrerlo. Quería abordar el avión. Había hecho la maleta desde la noche anterior y apenas si dejo afuera una libreta con aquella última hoja en blanco y el bolígrafo azul.
Abrió la puerta y vio al hombre que se presentó como Julián Landeros. Era un hombre quemado por el sol. De ojos firmes que miraban directamente a los suyos todo el tiempo. Con unos modales pertinentes, aunque sin llegar a la caballerosidad, con una camisa vieja aunque limpísima y planchada con un detenimiento extraordinario. Pensó inmediatamente que tenía una esposa o una mujer en casa que lo había hecho. Tenía unas manos grandes, sin anillos, lo que resolvió lo de si estaba casado o no. Manos toscas, según él, aunque como después sabría, no lo eran, pues Julían era un pintor. Pintaba frutas y vasos con licuados para las loncherías de Ciudad Juárez. Vacas y cerdos para las carnicerías. Muelas blanquísimas para los consultorios de los dentistas, que no eran pocos, y pan de muertos en las vitrinas de la panadería de su calle para el mes de noviembre. En enero había que cambiarlo por la rosca de reyes y en mayo por un pastel decorado con rosas de castilla como regalo para las madres. Hasta paredes anunciando los grupos que tocarían en el baile cada fin de semana en el salón Buzos. Pese a los tópicos de su oficio, Julián era muy bueno, por lo que se consideraba un buen pintor. Solamente.
Lo único que le faltaba a Carlos para terminar la carta era firmarla, así que decidió escuchar pacientemente al hombre y bajar en un rato a entregársela a Heather. -Como le dije a usted, Señor Iscariote, me llamo Julián Landeros. Mi señor padre fue en vida Laureano Landeros y en vida también me habló de usted, y me aconsejó venir a buscarlo a usted después de que le paso su muerte de él a mi señor padre. Dijo él que es usted un hombre de buena alma y que de seguro que puede ayudarme usted. Así me lo dijo a mi mí señor padre. - Carlos lo recordó inmediatamente, era el hijo del gallero, y comprendió también el motivo de su visita. Debía vengarse de quien ha matado su padre. Por un rato no supo que decir. Julián sabía muy bien que todo esto desconcertaba a Carlos, y decidió seguir con el hilo de la conversación en lo que a Carlos se le pasaba la impresión. Hasta quiso haber tenido un bolillo caliente de la panadería donde hizo aquellas pinturas para aminorarle el susto y volverlo a su color, pero antes de que pudiera decir algo, Carlos lo interrumpió asumiendo la responsabilidad que contrajo con Laureano. -Iremos de viaje. Buscaremos al hombre que asesinó a tu padre.- Y pensó que aquello sería algo más entretenido que la pintura que pensaba ejercitar. Lo mantendría activo un poco más y tendría un pretexto mejor que ofrecerle a Heather. Quizá habría que cambiar la carta un poco, pero en esencia sería lo mismo. Una despedida.
-No es a mi padre a quién debo vengar. Olvidé esa promesa hace mucho, cuando supe que mi señor padre era un bandolero y un violador que fue linchado y ahorcado en Guaymas cuando le descubrieron que violó y mato a dos pequeñas niñas, hijas de una cuñada mía. Echaron su cabeza al rastro municipal donde están los chiqueros, a que se la comieran los puercos. He llegado a pensar que su corazón de él estaba tan ennegrecido desde siempre, que la muerte lo hará descansar un poco a él. Es mi mujer la que me reclama venganza. Abusaron d’ella y la apuñalaron en el vientre, de donde ella tenía a nuestro hijo que le faltaba ya poco para nacer. Y se robaron a m’ija la chiquita, Sofía. Y por eso salí nomás a matarlos. He buscado, no crea que no, y sé donde se esconde Mariano Toussaint, que es al que ando buscando.- Y Julián saco de su cartera de piel piteada con hilo de maguey una hoja doblada y amarillenta con una dirección anotada. Cafe des Arts. Rue de Mointmoire 26, Saint Etienne.
Heather. No cambiaré el itinerario de viaje. Salgo al mediodía. No confesaré algo de lo que pueda arrepentirme el día de mañana. Pero te quedas en mi corazón, tenlo por seguro. Tuyo, Carlos.
Bajo por las escaleras de servicio al cuarto 123 a dejar la carta. El cuarto estaba ocupado desde las nueve por una mujer de nombre Gretell. Heather se había ido de madrugada con una sola intención: Desaparecer.


La carta.

Heather, cara de princesa. Como seguro sabes, se prepara un ejército de mariposas en las colinas. He decidido pelear a su lado. Las dirigiré al sur, a la selva. Iremos primero a quemar la muralla. Iremos armados con espadas de sangre y de yerbabuena. Tenemos ángeles, tenemos garras de puma. Hay algo que pisa y quiebra los tulipanes con su aliento. Son grillos, son el desdén de la tormenta. Son una botella de tequila fatal, listo para el infarto. El sol que se va. El diciembre. El valle. Tu besar de la jamaica, que los ciempiés confunden con azotes. No me queda sino decirles que viven la más grande las mentiras, que son presos de la tierra y que durarán menos que un eclipse cuando levante mis hordas. Recuperaré tu país y te lo devolveré en la caja donde solían jugar manzanas, junto con mis brazos cercenados, mis ojos desprendidos. Porque no te lo he dicho amor, peleare contra las pesadillas, los recuerdos, los jinetes, los locos. El tiempo detrás del espejo frío, que es terrible enemigo desde hace tanto. No olvida que le robe tu cara para quedarme con ella en un fetichista amuleto. Escucha la vanagloria de los osos grises. Míralos morder el naranjo al soñar con sus espaldas cubiertas de nuestras alas púrpura.
Sus plumas van a tejer el cuento y el reloj de esa noche. El pulso y el malestar de la marea. Yo descansaré solo para escribirte y adorarte. Descripción de la luna, romántica agonía que dice de las flores, de los diablos y las cantinas. Yo la necesito tanto, sólo que usted permanece dormida en lo que yo me meto a la fosa común.
Escríbeme en los pedazos de libros rotos la desgracia que nos trajo aquí. Cuéntamela al llegar a casa mientras me coses tus manos a la espalda. No te olvides que soy ceniza y puedo sacar del humo la conciencia de los cuadrados y las habitaciones. Pensarás que andas cerca del mar. La sonrisa empieza a desdibujarse de la falda de la hiena. Eres un molde imposible de tripular. Vaciado a la boca del lobo me ruega que rece esta tarde. Sin admirarme del siniestro que tuviste a bien provocar.
Es un niño recién despierto y se mira encerrado en un ataúd diminuto. Así el aire, falta y maldice a todos los que no les enternece su ir y venir. No le permitas acercarse a tu perfume de carbón de Saint-Étienne.
Y si llaman a la puerta dulce mía, mejor desconfía, que puedo ser yo, y no quererme ir nunca después.

Con amor, Tu hijo Marino.


Querida Ivón.
(O Tsen y el jardín secreto)

Ivón. Las cosas no andan bien. No volverán a la normalidad a menos que regreses.
La televisión quedó prendida. La misma estática en el cuerpo. Las cortinas volando. El siniestro pasó. Dejo dicho las cosas que probablemente solo tú entenderías. La tontería a la que me reduzco.
Vine desde fuera. No conozco la ciudad. Vine a buscar a Ivón. Pero no sé donde vive. Tengo la dirección apuntada. Pero no me enseñó a leer. Sé que es intocable como pez que nada profundo donde nomás la arena virgen la puede ver. Solo sus pies entienden como caminar. Yo no la puedo seguir. Si la sigo me pierdo. Y no puedo respirar si la dejo de ver. Entonces soy el solo. El que no oye nada. El volátil como punta de flecha. Conozco su voz, pero ya no la recuerdo bien. Fue hace tanto.
Julián despertó con el pulso acelerado. Volteo hacia la ventanilla y corrió un poco la cortina. La inmensa textura de nubes sobre le fondo azul lo asustó. Nunca había subido a un avión ni había estado trepado tantas horas en el cielo, como creía. La azafata notó su alteración y le ofreció algo de tomar. Algo que usted recomiende, señorita. -contestó- Y la sobrecargo le sirvió una copa delgada y estrecha de buena champaña. Le indicó que aún faltaban dos hora para llegar al aeropuerto de Paris. Julián se tomó de un solo trago la copa y aprovechó para solicitar una más antes que la sobrecargo se marchara. Se dispuso a dormir el resto del viaje. Lo siguiente que escucho fue la llamada para ajustarse los cinturones de seguridad antes de aterrizar en el país extraño.
Sintió un poco el fervor. La venganza estaba cerca.

Hablé por teléfono. Habías salido. Habías ido por pan de muerto. Conocías a una persona en la esquina del edificio que lo vendía. Todavía tenias aroma del chocolate en los dedos, y pan en las uñas. Ningunos dedos probé y estoy seguro que ningunos hubieran sabido mejor que los tuyos. Tengo miedo de que el yeso se caiga encima de mí. Que yo me vuelva de yeso inmóvil, me empolve y no veas cuando pase rompiéndome. Cayéndome dedo por dedo hasta veinte. Tengo veinte tentáculos secos que puedes cortar para verlos nacer.
Te hablé por teléfono para que vinieras a dormir hoy y verte roncar. Tengo ganas de un arrullo.
El sueño de Carlos no lo precipitó al despertar. Lo sintió placentero y lo atribuyo a la ausencia de Heather. Tardaría, pensó, en asimilar que ella no estaría cerca durante mucho tiempo a partir de hoy. Y vio desde la cortina entreabierta el cielo que lo tranquilizó. Rechazó el champaña que trajo la azafata pero no el boletín de literatura que traía en el carrito. “La nueva prosa de oriente y sus principales exponentes“.Leyó una introducción de Shang Lao, llamada Tsen y el jardín secreto:
Un hombre viejo dice a su joven hija: Llegará el día en que yo no esté más contigo. Y llegará el día también en que el bosque inmenso nuble tu vista y confunda tu alma, y no confiarás otro día en tus ojos.
Y la joven niña dejó de cepillar su cabello negro con el cepillo de cerdas de plata, y dijo:
- Padre, ¿Cómo he de saber encontrar el camino para salir del bosque inmenso si no estás tú conmigo?
- Sabrás encontrar el camino perdido si escuchas con detenimiento, dijo el padre, al rayo del sol y los sonidos que las bestias emiten.
La niña, que era de largo cabello negro, lloró de pena durante muchos días, hasta el día anterior a la muerte de su padre muy querido.
Carlos cerró el boletín con olor a tinta al escuchar la llamada para ajustarse los cinturones de seguridad. Habían llegado a Paris a las siete de la noche. Él y Julián ajustaron sus relojes y salieron a tomar un taxi. Carlos propuso quedarse esa noche en un hotel y salir mañana temprano a Saint Etienne, pero Julián estaba demasiado impaciente, y le dijo a Carlos que tomaría inmediatamente el tren, que si quería mañana lo alcanzara en el Cafe des Arts al anochecer, y que Mariano Toussaint estaría muerto para entonces. Así podrían irse a conocer todas las tabernas de la ciudad. Al escuchar despegar un Boing 747, Carlos pensó en Alicia, y aceptó la propuesta: Entonces mañana al anochecer Julían. Que tengas suerte.
Le indicó al cochero la dirección en perfecto francés. Cogió del asiento trasero un diario olvidado por el cliente anterior. La fecha es de ayer. Entretiene las manos con las hojas y mira por la ventana la noche de Paris. El cochero oprime los botones de un reproductor-fonográfico de MP3-2. Una pieza de Claude Debussy de 1869,
Je ne sais pas porquoi, retomada por un grupo que le resultó desconocido. - Le fabrique du Noise.- contestó
la voz femenina, casi infantil, del chofer a su pensamiento. Se asomó al retrovisor. No debía tener más de veinte años. Tenía unas facciones tiernas de ninfa y una bella piel morena. Unos ojos cafés lo miraron. -Mi padre dice que la buena música no debe ser interpretada por nadie más que su autor. Yo digo que ellas son fantásticas, ¿No cree?- Subió un poco el volumen. Carlos le preguntó el nombre. Esther -contestó ella-
- ¿Y qué haces conduciendo un taxi, Esther?
- Es de mi papá. A veces me deja manejarlo en las noches, cuando salgo de la escuela, con la condición de que no me aleje del centro de la ciudad y no lleve nunca a nadie ni siquiera así de sospechoso.- Hizo una seña apretando los dedos mientras lo veía por el espejo. -Pero usted me pareció una gente honesta. Papá exagera un poco. Nunca he subido a nadie que se halla pasado de listo. París es una ciudad inmune a los sobresaltos, excepto cuando hay fútbol de por medio.
- Tienes una suerte maravillosa Esther. -Dijo Carlos mientras se imaginaba a Julián vaciándole la pistola a Mariano Toussaint por todo el cuerpo, maldiciéndolo en español mientras Mariano gritaba por última vez en su vida. Vio un recorte de revista pegado con cinta adhesiva al tablero del auto. Té de mandrágora. Excitación plena. Y un enunciado en la parte de abajo: Campaña en pro de la legalización de los enervantes no adictivos.
- Esa soy yo. Una ínfima carrera en la ruin industria publicitaria.- Volvió a adivinarle el pensamiento.
- Hemos llegado señor. Rue de l’Industrie número 15.
Bajó del auto. Le dio la espalda a la calle para pagarle a Esther por la ventanilla del auto. Le deseó buenas noches. Esther le devolvió una sonrisa y cinco escudos que Carlos no aceptó. El motor del taxi fue el último sonido que acaeció en la calle desierta. Verificó la calle. El número. Estaban correctos. Un baldío. Un inmenso baldío plagado de hierba y de ratas donde fue alguna vez el número 15 de Rue de l’Industrie.


Adelita desesperanzada.
(O Un cuento Gótico-Industrial de la Belle Époque inspirado en las andanzas de la pobre Justina)

Tomó el elevador junto a cuatro personas más. Se sacudió el abrigo y la bolsa manguito de la nieve que caía afuera. Nunca había nevado en la alameda. En parte era una ocasión especial, digna de celebrarse en casa, bien abrigada, contemplándola desde la ventana de su habitación en el cuarto piso. Caminó hacia su puerta frotándose los brazos, y tuvo que quitarse el guante de la mano derecha para meter la llave a la cerradura y abrir la puerta. La cerradura dorada estaba helada. Al entrar colgó el abrigo en el perchero y fue hacia la pequeña sala. Bajó el cierre de sus botas. Se las quitó no sin algo de dificultad y las puso junto al diván. Las recogería después, cuando la habitación tuviera un poco más de temperatura. Prendió el televisor mientras se recostaba. Hojeo el boletín de literatura que dieron en el avión. Lo había dejado en su bolso junto con un envase pequeño de pasta de dientes y enjuague bucal. Había señalado con el delineador azul cobalto la parte donde había dejado la lectura justo antes de que la aeromoza le indicara que estaban por aterrizar en la Ciudad de México. Inconscientemente buscó la parte subrayada y continuó la lectura con el sonido del televisor al fondo.
“La niña, que era de cabello negro, se dirigió a la recamara del padre, que estaba convaleciente y le preguntó, justo la noche anterior a su muerte, que era una noche tibia de mayo:
- ¿Y qué haré, Padre, si a las bestias del bosque inmenso, que son sanguinarias, debo dar muerte para sobrevivir dentro del oscuro bosque inmenso?
El padre se incorporó con la pesadez propia de su enfermedad avanzada. Acarició las mejillas pálidas de pena de su pequeña hija. Le costaba hablar.”
Justo en eso un apagón interrumpió la voz del anunciador del televisor. Justina se levantó para dirigirse a la ventana y seguir leyendo con ayuda de la luz exterior. La nieve continuaba emblanqueciéndolo todo. Los autos. El hemiciclo a Juárez. Las bancas de metal. El palacio de bellas artes y la cornisa del hotel. Estiró la mano para tocar la nieve con los dedos. Su vista enferma no la dejó leer más, por el contrario, todo se torno nublado y le costo trabajo enfocar cualquier punto. Soltó accidentalmente el boletín, que cayó desde el cuarto piso justo ante los pies de un hombre que caminaba frente al hotel. Justina no supo bien a bien donde había caído de no ser porque el hombre se detuvo a recogerlo. Ella prefirió alejarse de la ventana antes que el hombre mirara hacía arriba buscando al culpable. Desde el accidente del avión había sufrido un daño aparentemente irreversible en las retinas. Consulto a los médicos más renombrados de Malasia, e incluso tuvo oportunidad de ver a un médico en Beijing, veterano de la guerra en Vietnam, quien le contó toda clase de historias nostálgicas sobre la lejanía de los seres amados. Inspirada por el tema, Justina escribió la única carta a Carlos durante los cinco años de su ausencia. Envió la carta de cinco páginas escritas por ambos lados junto a un paquete de souvenirs de oriente. Un libro antiguo escrito en Chino Mandarín, varios robots de juguete que venían en las cajas de cereal y que bien supuso le fascinarían. Y una de las calculadoras de bolsillo que fabricaban en su trabajo: Una ensambladora automatizada de electrónicos portátiles, tan populares entre los japoneses, donde todos los obreros eran mujeres y una buena parte de ellas inmigrantes de todo el mundo. No le fue difícil adaptarse al trabajo en la banda sin fin de producción, a pesar de que el gigante brazo mecánico de la banda trabajaba al ritmo doble de ellas, y sin fastidiarse jamás. Con todo y eso era un buen empleo. Cubría sus gastos de vivienda y comida e hizo gran amistad con Kiro, una chica del norte de Hong Kong. Kiro y Justina conocieron a un joven director de cine que les hizo una propuesta para trabajar en una película. Kiro se emocionó tanto que acepto inmediatamente y se fue a vivir a Tokio apenas una semana después. Justina no supo más de ella ni de la tal película. Trató de mantener contacto, pero todo era inútil. Rezó porque su mejor amiga Kiro estuviera bien.
Carlos nunca contestó aquella carta. Justina pensó que el paquete se había extraviado en alguna bodega de paquetería enmedio del mundo, paso también por su cabeza la posibilidad de que la hubiera olvidado. Realmente resintió el daño a sus ojos hasta llegar a México. Le ardían y no pocas veces perdió por instantes completamente la vista. La luz eléctrica volvió en ese momento. Fue por sus pantuflas a la recamara y regresó al diván a ver el televisor. Daban las noticias vespertinas. La nieve ocupaba el primer plano sobre cualquier suceso. Excepto quizá por uno, por un comercial:
MEJORE SU VISTA HOY. Maravillosa, novedosa ciencia oriental para la curación de los ojos. Practicada por expertos científicos deductores del conocimiento milenario de la Oftalmología, la ciencia más moderna.
Acuda hoy mismo por una cita. El domicilio es: Avenida del Bosque número doscientos treinta. Octavo piso.
- He gastado mis ojos en visiones y espejismos Herr Doktor. He venido a verle en cuanto vi su anuncio por televisión.
- Ah. Justina Eiffel. Un nombre elegante, sin duda. Acorde a una belleza sencilla y exótica a la vez.
La mujer de ojos claros, casi vacíos, penetrantes y temibles paso su mano apenas por encima de los pómulos de Justina. Su voz tenía un tono ausente, vanaglorioso. Acercó sus labios a los ojos de Justina. El aliento frío la incomodó y la asustó tanto, que tuvo que empujar su silla hacia atrás para apartarse de ella.
- Es injusto que la maquinaria de sus ojos no funcione adecuadamente, cuando un rostro como el suyo debiera sólo hablarme de... armonía. Mi nombre es Boris von Eschenbach, y mi especialidad, Señorita Eiffel, no es corregir los vicios de su visión menguada por la excitación del mundo. El sol. El sol fútil y despreciable. El brillo del amanecer con ese resplandor vulgar con que se digna saludarnos. No señorita Eiffel, mi causa es otra. Es la de prever los fantasmas. Hacer los ojos inmunes a cualquier espanto. Derrocar la superchería con que se irritan los ojos los hombres que nada saben de la ciencia. Los ignorantes. Y los mendigos.
Enfocar, Señorita Eiffel. Se trata de enfocar. Lo que la ciencia que me ha permitido es la posibilidad de la clarividencia. La objetividad. La capacidad de mirar, siempre y sólo lo que es cierto. La exactitud. Le ofrezco, Señorita Eiffel, la posibilidad de convertirse en cíclope.
- No es eso lo que ha publicitado por la televisión, Herr Doktor. Se pudiera pensar que lo que usted anuncia no es sino una farsa, y una treta.
El doctor avanzó hacia el asiento de Justina. Su cabello negro caía sobre sus sienes. Y sus pasos delicados y firmes sonaban como bloques de hierro martillando sobre el suelo. Se inclinó hacia ella con la mirada fija en la suya. Y le brindo una sonrisa cruel mientras le separaba las piernas con una mano y colocaba otra sobre uno de sus muslos. Sintió las uñas largas encajándose en su piel, y escuchó la voz enfurecida.
- Que no le parezca, ni por un momento, una charlatanería, la ciencia, Señorita Eiffel.
Justina palideció. Deseaba salir corriendo, pero el miedo la paralizó en su silla. El temor a la humillación. Habló con la voz quebrada, temiendo que su pánico quedara al descubierto.
- Lo que me propone usted es una aberración, Herr Doktor, una práctica salvaje que desfiguraría mi rostro.
- Supe, Señorita Eiffel, desde que puso un pie dentro de este consultorio que es usted una mujer de belleza y porte impecables. Y de una inteligencia basta para entender los progresos de la ciencia que domino. Fantasías como la deformación de su rostro son propias de las mozuelas ignorantes y las cortesanas vulgares. No de una mujer de mundo, Señorita Eiffel. Esperaba mayor... aceptación de su parte a los prodigios de la ciencia. ¿Ha estado usted en el Japón, Señorita Eiffel? En aquella tierra el hombre ha inventado máquinas capaces de conducirse solas, que han suplantado la rústica mano del hombre por la precisión de la máquina. Debiera contemplar el espectáculo magnífico de una banda sin fin pariendo complejas herramientas de la inventiva del hombre de ciencia. Apenas apoyadas por la mano humana, pero prevaleciendo sobre ella. Ostentándose cada día más sobre su propia ingeniería, su naturaleza de robot.
La excitación del doctor era palpable, sus gestos frenéticos la espantaban, así que Justina se reservo cualquier comentario. El doctor se dirigió hacia la ventana del consultorio de muros grises. Miraba hacia un bosque de cipreses y un enorme centro comercial y pensó para sí: Dualidad.
- Hombres de ciencia es lo que somos, Señorita Eiffel. Puede asegurar que nuestro proceder no es sino el proceder de la sabiduría y el progreso. El mismo que recorre la verdad. No nos hemos hecho de renombre en la historia al ser charlatanes y vender quimeras. Ni mi consultorio quedará como una casa de mentira. Le propongo, señorita Eiffel, que lleve consigo este volumen, que resume con detalles suficientes lo que la oftalmología, nuestra ciencia más moderna puede hacer para corregir su visión.
- No es mi visión lo que anda mal, Herr Doktor. Son mis ojos.
Justina se levantó de la silla intempestivamente al decir aquello. Se acomodó la falda con propiedad y se encamino a la puerta dándole la espalda al doctor, y justo iba a decir “Con permiso”, cuando éste la interrumpió.
- Ningún problema, ya fuera de enfoque, de cálculo, de examinación o cualquier acción de la vista escapa al campo de la visión. La visión crea el ambiente que nos rodea, Señorita Eiffel. Todo lo que sucede, lo que ha sucedido y ha de suceder es sucesión de visiones originadas en la mente del hombre.
Le señaló hacía el escritorio. Le invitó a que tomara el volumen sobre oftalmología y le acompañó a la puerta.
- Pasarán, sin duda, algún tiempo antes que se atreva a hojear siquiera nuestro volumen. Pero cuando se decida, Señorita Eiffel, volverá maravillada de lo exacto y lo grandioso que nuestra ciencia es.
- Le agradezco su cortesía infinitamente Herr Doktor, -dijo Justina sin disimular el tono sarcástico- llevaré conmigo el volumen sobre la oftalmología, esta moderna ciencia, y le aseguro que sabrá de mi decisión al respecto de la intervención, cualquiera que esta sea.
- Permítame entonces concertar una cita más, Señorita Eiffel, pero no aquí, sino en el consultorio que he adecuado en mi casa. -Le extendió una tarjeta de presentación, con la dirección escrita- Seguro allí estaremos más tranquilos, y conversaremos mejor el tema.
- Su propuesta es algo atrevida, ¿No lo cree, Doctor Boris von Eschenbach? -Dijo Justina leyendo la fina tarjeta de papel grabado.
- Probablemente, Señorita Eiffel, aunque auguro que sería una charla más conveniente para usted que para mí, si es que pretende que pudiera yo sacar un provecho mayor de nuestra cita.
- Sólo digo que lo pensaré Herr Doktor, sólo eso.
Justina continuó su camino hacia la puerta. Esperó a que el doctor llegara a abrirla, al hacerlo, el doctor le extendió la mano. Justina, sin perder los estribos ni la conducta apropiada le saludó. Boris von Eschenbanch cogió la mano pequeña y sin anillos de Justina, la llevo hasta sus labios tersos y la besó.
- Nos veremos entonces, Señorita Eiffel.
Justina salio inmediatamente sin decir más. Al llegar a la calle se puso los lentes de sol. Y tuvo la necesidad irrefrenable de caminar. Lo hizo durante varias cuadras, sin rumbo fijo. La detuvo el cansancio muchas calles adelante. No sabía del todo bien donde estaba, tomó un taxi en una esquina, cerca de un estanquillo de periódicos. El intenso calor no hizo que dejara de sufrir el escalofrío que la persiguió desde aquel edificio. Fue a su hotel, pero no hacia el elevador. Se dirigió al bar, donde estaba sólo una pareja joven tomando cerveza y un hombre maduro, solo, terminando su escocés en las rocas mientras hojeaba un catalogo de muebles Luis XV.
Justina llego a la barra con los nervios alterados. Comenzó a sudar. Consideró que era bueno que el cantinero no estuviera en ese momento. Se arregló un poco el polvo y las sombras. Los labios no, pues vio venir al joven cantinero de la cava del hotel con un par de botellas de ron.
- Lamento haberla hecho esperar, los meseros no llegan sino hasta las nueve y entretanto yo tengo que hacer de todo. ¿Qué voy a servirle?
- Martini.


Atreo & Thyesto.
(O Desventurada)
La búsqueda del amor en el infierno, es una constante.
David Lynch.

Laura Leconte de Lisle, la novia en turno de Atreo desde hacía varios meses, se miró al espejo del tocador mientras cubría con maquillaje el moretón en el párpado, que aún le lastimaba un poco. Lo hacía mecánica, rápida y correctamente debido a toda la experiencia acumulada. Se revisó ahora en el espejo de cuerpo entero.
-Quedé medio feita- pensó. Todavía fue a la cocina por una botella de café capuchino helado al refrigerador antes de abordar el Mustang Mach one 73 a las 12:56 PM. Debía recoger a Atreo y a su hermano Thyesto en un estudio de tatuajes en Rue Dunot, en el Faubourg St. Germain a las doce en punto. Atreo le aclaró, entre maldiciones y una buena bofetada, que no demorara, pero Laura sabía muy bien que de llegar en punto de las doce, la regañaría de todas formas, “por ser tan boba y tomarse las cosas textualmente.” El pretexto realmente no importaba. Atreo la golpeaba cada vez que podía. La violaba, más que hacerle el amor, y le pagaba con unos gramos de heroína y una asombrosa tarjeta de crédito por su compañía más que llevar una relación con ella. Para Laura aquello tenía ciertos beneficios, como ahorrar dinero, manejar el Mustang amarillo de Atreo; Entrar a clubes exclusivos, comprarse ropa. Tener su propia casa. Menos viajar. Laura debía estar siempre que Atreo lo solicitara. Casi siempre para propinarle una golpiza. Casi siempre, excepto cuando Thyesto, el tornamesista y a veces contrabajista de Rouge du Gauguin, la banda de jazz del Cafe des Arts intercedía por ella. El enorme y obeso Thyesto Pico della Mirandola hizo siempre más que defenderla de su hermano. Se acostaba con ella cuando Atreo salía de la ciudad. E hizo de ella su inseparable compañera en las largas borracheras luego del cierre en Cafe des Arts. Solía ser tierno y demostrarle cariño real a Laura, quien varias veces se convirtió en la única voz que Rouge du Gauguin ha tenido. Su tesitura limpia y educada, que contenía todavía cierto candor infantil, y los sofisticados sampleos de Thyesto le daban una personalidad diferente a aquella extraordinaria banda sin público. Los versos del diario de Laura, (Lala, como le llamaba Thyesto) fueron casi siempre las canciones con las que siempre jugaron ante cerca de treinta mesas vacías. Ella nunca quiso que todo eso se supiera. El sentimiento de inferioridad provocado por Atreo nunca más le permitió creerse buena para algo, salvo para ser una amante sumisa, callada y dispuesta a cualquier hora. Realmente era Thyesto la razón por la que había soportado durante tanto tiempo a Atreo.
El trabajo y la lealtad de Atreo fueron siempre para Patricio Dorantes. Era su mejor hombre y en más de dos ocasiones le ha salvado la vida. Lo citó en Café des Arts a las 12:30, más tarde que de costumbre, pues los viernes acudían tantos clientes, que el café se volvía un lugar vivo y seguro.
A las 10:06 Atreo se tatuaba una estrella de ocho picos en la base de la nuca. La cábala lo tendría como a uno de sus protegidos. A Thyesto lo habían terminado de tatuar a eso de las 7:50. Mismo símbolo en el mismo lugar.
- Los tatuajes no duelen- Le dijo Atreo a Santiago, un tatuador Chicano radicado en Francia hacía cuatro años. El mejor en Saint Étienne. Un dibujante perfeccionista y concienzudo. Había tatuado a todo tipo de gente. Pandilleros, señoras respetabilísimas, prostitutas, hombres de negocios involucrados con todo tipo de sectas y cultos, cantantes, deportistas, turistas, Dones Sicilianos. De todo.
- ¡Thyesto, ves como no hay que hacer tantos gestos mientras te tatúan, gorila llorón!
- No alardees, marica.- Gritó desde la sala de espera, donde terminaba de leer la penúltima página de Morirás Lejos, de José Emilio Pacheco, un regalo de Laura de la noche anterior.
- Es eso o soy un masoquista abierto y perverso, ¿no Santiago?
Santiago apartó la vista un momento de su trabajó. Su francés ya era bueno, pero era un hombre que hablaba muy poco. Se quitó uno de los guantes azules de hule, lleno de tinta y de sangre y le alcanzó un catalogo de fotografías de trabajos suyos. Le buscó una página y le señaló una fotografía. Se puso un par de guantes nuevos, limpió un poco la sangre y siguió con el tatuaje. La fotografía de unos senos diminutos, de una joven que pensó tendría unos dieciocho o veinte años, con un aro de tribales alrededor de cada pezón le dijo mucho acerca de soportar el dolor de los tatuajes. Vio la firma del autógrafo dedicado a Santiago: Carla de Borgoña. Le fabrique du Noise, subrayado. Había escuchado a Laura hablar maravillas de ellas. Y bromeó un rato con Santiago acerca de esos senos pequeños. A las 11:52 pagó la cuenta y salio con Thyesto a la calle a esperar al auto y a la conductora. Pasaron quince minutos antes que contestara el teléfono celular. Sabía que al llegar le esperaba una sesión de insultos, cuando menos, pero muy posiblemente Atreo le rompería la boca. Aceleró hasta Station du Touriste. Dónde los hermanos la esperaban viendo los barcos en el río. Atreo le ordenó a Thyesto conducir. Agarró a Laura del cabello y la metió a empujones y patadas en la cajuela del carro. “Espera a que lleguemos puta, te voy a enseñar a leer un maldito reloj”. La golpeó en el oído con la cacha de la Desert Eagle 9 Mm. y alcanzó a ver la sangre salpicando sus mejillas llenas de pecas antes de cerrar la cajuela. Condujeron de regreso a Saint Étienne en silencio. Thyesto sintonizó una canción en el radio-programador del auto. Al terminar “El baile y el salón” de Café Tacvba habían arribado al Cafe des Arts. Atreo bajó del auto tan deprisa como pudo y corrió hacia el lugar. -Sácala y vallan por la puerta de atrás- le dijo a Thyesto, que abrió la cajuela y vio a su Laura inmóvil, con la mirada perdida y bañada en sangre. Tomó su pulso. Seguía viva. La sacó y la puso en el asiento trasero. Arrancó hacía un hospital a toda velocidad. Llegaron al hospital de Nuestra Señora de Lourdes a la 01:08. La bajó del auto y entró con ella en brazos. Había perdido demasiada sangre. Thyesto espero noticias hasta las 3:16 de la madrugada. Un doctor salía de una de las salas de emergencia se quitaba el delantal ensangrentado. Tuvo miedo de preguntar. Se quedo mirándolo esperando que fuera él quien dijera algo primero.
- ¿Es usted familiar de... Laura Leconte?- Preguntó el galeno, revisando el nombre en el expediente.
- Soy un amigo. Soy su único conocido.
- La señorita sufrió una contusión severa en el hemisferio derecho. Y la hemorragia interna se atendió demasiado tarde, e invadió gran parte de la corteza cerebral. Lo lamento. Puede recoger el cuerpo a partir de las nueve de la mañana.
Thyesto recordó una de aquellas noches con Lala en el café. Le había regalado unos suecos color vino que le trajo de Milán, y un sobre con postales de Roma, de Florencia y de Pisa, de la Piazza del Duomo y del Campanile. Laura se quitó los suecos con cuidado y los dejó cerca de los amplificadores. Era todo lo que llevaba puesto. Cantó desnuda de espaldas a Thyesto aquel tristísimo huapango hasta cerca del amanecer.
12: 55. Lo primero que vio Atreo al entrar fue a su jefe, despeinado y sin el saco, apuntándole a la cabeza de un sujeto de quien no tenía ni la menor idea quien podría ser con su Colt Gold Cup 9 Mm. El lugar estaba solo. Había sillas tiradas y vasos rotos por todas partes.
- ¿Dónde estabas?
- Hubo problemas. El auto se descompuso.
- Llévate a este infeliz.
Atreo lo levantó. La cara del hombre estaba desecha a golpes. Lo arrastro hasta la puerta. Lo dejo caer para asomarse a la calle. El coche no estaba. Agarró al sujeto y lo arrastró de nuevo hacia dentro sobre el licor y los vidrios rotos regados por todo el suelo. Se dirigió a la puerta que daba a la cocina y al pasillo rumbo a la calle trasera. Sacó al hombre y lo metió en la camioneta de uno de los cocineros, un Pekinés llamado Chou Yuan, al que tuvo que dar doscientos escudos para que le prestara las llaves de la camioneta. Metió al sujeto en una bolsa de plástico para la basura que sólo alcanzaba a cubrirle hasta la cintura y lo ató con cinta de aislar. Lo llevó hasta el asiento del copiloto de la camioneta. Chou Yuan no dejaba de seguirlo tratando de explicarle de manera vehemente, en chino, que no quería que ensuciara de sangre los asientos. Atreo no entendía ni una palabra del pequeño hombre con el delantal y el enorme cuchillo de cocina. Regresó hasta donde estaba Patricio, que había levantado una mesa y arrastrado una silla hasta ella, y destapaba una botella de Absolut Mandrin. Se detuvo un momento a elaborar bien la pregunta.
- Patricio, ¿Quieres que lo mate?





Adelita desesperanzada. Acto segundo.
(O Desde luego no soportaría)

He ido al consultorio que se anuncia por televisión la semana pasada. -Le dijo Justina a su buena amiga Christiane, una mujer sofisticada, alegre, de veinte años, a quien frecuentaba hacía unas semanas, mientras descansaban en la recamara de Christiane, en un departamento cerca de la Zona Rosa. Se conocieron al entrar al palacio de bellas artes, una noche de sábado. Philip Glass, presentaría Enfoque, o letanía para tres ciudades, la primera parte de una opera posmodernista que, según el cuadernillo que leyeron en la antesala, minutos antes de empezar el espectáculo, se completaría en los dos años sucesivos con Distorsión, o los métodos del siniestro, y Reflejo, o carta por un ángel, sucesivamente. La cama mullida de Christiane, atiborrada de cojines y figuras de peluche apenas contuvo esa tarde la franca atracción sexual entre las dos mujeres. Es cierto que tenían tantos gustos en común, y habían desenvuelto una amistad entrañable, pero algo innegable, disimulado por el recato del poco tiempo de conocerse, por ahora, pudo más que su mutuo, frenético deseo. Sin embargo, Judith odiaba una cosa: No poder dejar de ver en Christiane, la apacible, menuda forma de Kiro. Ni confundirla con ella cuando Christiane estaba de espaldas. Su largo cabello castaño, igual de suave, igual de grueso, sólo se diferenciaba por los rayos rubios que se hizo la semana pasada en un salón de la colonia Condesa. Había una cosa más que les era común, las noches que acompañaron su plática con una botella de ajenjo, que se vaciaba mientras Justina hablaba de resucitar su tienda de té y otros tantos proyectos, y Christiane esbozaba algo del cartón de la semana entrante para Ja-Já, la revista donde colaboraba con un dibujo semanal, muy mal pagado a su manera de ver, pero que estaba bien si consideraba que no había egresado todavía de la universidad y había encontrado un trabajo como monera en una revista con una reputación aceptable , haberse hecho de cierta popularidad entre los lectores y ante todo, la aventura en aquella convención de historietismo
en Barcelona hacía unos meses. Luego de una de una conferencia. El autor Milo Manara bajó del estrado a firmar autógrafos entre los asistentes. Al llegar el turno de Christiane, le sonrió tan procaz como pudo y le dijo en italiano “dibuja lo indecible de mí.” Y el dibujante-escritor le respondió. “Imagino claramente tu historia: Durante el día llenas tu casa de hombres que te halagan y te complacen hasta en el detalle más aberrante. Te hacen el amor tantas veces que pierdes la cuenta y el sentido estricto de lo que haces, hasta que dejas de sentir placer y te quedas sola. Entonces tu marido llega a casa. Van al sofá a ver televisión y el se recuesta con la cabeza sobre tu vientre y se queda dormido por la fatiga del trabajo. Y a ti nada te parece más erótico que la figura de ese hombre durmiendo sobre tu barriga, de modo que al día siguiente pides a todos aquellos varones que luego de hacerte el amor, descansen igual que tu marido. Pero no conseguirás el éxtasis con ninguno de ellos; sólo el hombre que se casó contigo puede escurrirse por el ombligo y hacerte enloquecer por el goce desde dentro.”
- No son sino farsantes y estafadores Justina. Debes tener cuidado. Me pondría muy triste si algo malo te pasara. No confíes en gente así.- Dijo Christiane mientras acariciaba el cabello de Justina, con la manos tersas igual llenas de bondad que de malicia.
- Son al parecer, gente con un gran conocimiento sobre su materia, querida. Me han obsequiado un volumen bastante preciso acerca de la oftalmología, la moderna ciencia.
- Pensé que con los anteojos verías mejor. Aquel día que los compraste parecías satisfecha.
Justina paso los brazos por encima de los hombros de Christiane. Se acercaba tanto a ella que estuvo a escasos centímetros de besarla. Quería hacerlo, sólo que aún no era el momento.
- Y yo pensé que si miraba mejor, podría acercarme más y no perderme ni un detalle de ti.
El aire del consultorio se sentía viciado. Pensó que las viejas paredes le caerían encima. El ambiente atroz aminoró el ánimo de Justina la mañana de aquel lunes. Ella que se vistió de un carmín femenino y elegante. Que extendió entusiasmada el vestido nuevo sobre la cama para verlo durante casi diez minutos antes de ponérselo. Que poco le importó el corsé que le impedía sentarse cómodamente. Que delineó sus ojos con la precisión de un artista. Y esa sofisticación de flor, y ese manierismo que se vino abajo con la voz imperante de aquella mujer. Justina pensó camino al consultorio que sería cosa sencilla imponerse ante aquel ser inexorable como loza de mármol. Y se juro que no flaquearía de nuevo; Que no la verían alterada una vez más emborrachándose por la impresión.
- Debe entender, Señorita Eiffel, que esta operación conlleva riesgos que ni la ciencia exactísima puede prever: La vulnerabilidad del cuerpo humano, su rusticidad y su flaqueza. En este caso, ni especialistas como nosotros, los hombres de ciencia, aseguramos que estuviera exenta de un riesgo: La ceguera.
- Ese es un temor con el que pugno desde hace tanto, Herr Doktor, por el que he llorado presa del miedo. Es este el punto en que debo enfrentarlo de una buena vez.
Boris von Eschenbach, con el mismo semblante perverso y lozano de la última vez, aunque por hoy, con un rostro que Justina calificó de hermosísimo, helénico, preparó los documentos necesarios y se los dio a firmar. Le proporcionó también un bolígrafo dorado. El contrato exoneraba de todo cargo y culpa, tanto a ella como a su honroso consultorio de cualquier acontecimiento infortunado, y hacia única responsable por la intervención quirúrgica a la bella Justina.
Querida Christiane, -Escribió la noche anterior es su diario- Soy una usurera. Justina no es nombre para que una usurera se presente a las galas de palacio con un vestido impregnado de la sangre de otra. Mi nombre es malicia.
Camino al consultorio, las calles de cantería gris y verdosa semejaron el contraste del crepúsculo frente a la figura esbelta de Justina con el vestido carmesí. Como un desenfocado punto rojo, un botón de rosa o una gota de vino sobre el mantel. La gota se extendió a través de la tela exhalando perfume de opio hasta llegar al borde, puntual, como de costumbre. Subió las escaleras con la delicadeza y parsimonia con que hacía todo. Los viejos escalones de madera se estremecían a cada paso con las afiladas estacas que llevaba bajo las suelas. No pudo evitar voltear hacia abajo y ver el fantasma de Kiro, sentada en el primer escalón, asomándose por debajo de su falda.
Si debieran empalarme en medio del campo nevado por haber sido un guerrero infame, desalmado y traidor en el campo de batalla, si esa fuera mi condena, imploraría ante el juez para que la cambiara, y ordenara en el acto que fuera desnudada y atada cardinalmente a cuatro mástiles en medio del mismo campo nevado, donde asesiné y violé y maldije sin honor. Y tú, tan dulce y tan maligna, con esos tacones que llevas, me atravesaras de un sólo paso el corazón, como a una descastada o a un tigre de Siberia que atentó contra tu vida. -Le dijo Kiro en alguna ocasión.
- Soy una sirena Kiro. Justina no es nombre de sirena. Mi nombre es marea.
- Firme por último este contrato y celebremos lo pactado, Señorita Eiffel. Y no guarde pendiente alguno entre sus pensamientos. Duerma tranquila por hoy, que mañana será un día esplendido para usted. El más esplendido sin duda.
Justina, con pulso firme y letra elegantísima escribió su firma sobre la hoja amarillenta. Y habló para sí:
- Soy un dulce en la boca de una pequeña niña. Justina no puede ser el nombre de un dulce. Mi nombre es polen.
- Le acompañaré hasta la calle, Señorita Eiffel.
- Conozco bien el camino Doctor. Mi cochero está esperando. -Mintió.
La hora acordada para la operación de Justina fue las cinco de la tarde del martes. El doctor Eschenbach debía realizar otra operación antes, a las ocho de la mañana. Un expediente colgado a la cabecera de la cama con número de registro del paciente y la fecha y hora de ingreso al quirófano con el nombre de Ariadna Herrera.
Apenas cubierta con la bata de hospital color azul, se encontraba inmovilizada por las amarras que la sujetaban a la cama. Anestesiada, pero despierta y conciente de todo lo que estaba por pasar, escuchaba al doctor Eschenbach con pavor mientras le miraba caminar por el quirófano vociferando.
- Soy, en efecto, Señorita Herrera, un Oftalmólogo, una variante… evolucionada de él. Ejecuto visiones, soy el autor e interprete de las pesadillas que otros adquieren para sí. Como un pintor o un músico a cargo de un vagón con cien personas precipitándose al vacío.
- Usted, Señorita Herrera, no vino aquí a componer el mal en sus ojos. A usted la trajo aquí la desdicha y la mala suerte. Usted soñó esta pesadilla. Y yo la inventé.
El doctor extrajo la aguja de la jeringa con un anesteciante a base de efedrina y mandrágora del antebrazo de Ariadna sin ningún cuidado. La diminuta herida le provoca lanzar un chorro pequeño de sangre a cada respiro.
Mira a la aterrada e indefensa paciente sobre la plancha, y le resulta estimulante. Erótico. Aún sostenía la jeringa mirando hacia el cesto de basura, pero decide no tirarla. La empuña con fuerza y la encaja en el muslo izquierdo de Ariadna. El dolor indescriptible la estremece, el rictus en su rostro no hace sino provocar un placer morboso en Boris von Eschenbach. La sustancia que ha comenzado a surtir efecto en el cuerpo de Ariadna, le ha inmovilizado el cuerpo y le impide el habla. Ahora es sólo su testigo inmóvil.
- Cercenaré metódicamente su cuerpo con un cuchillo, y moleré sus huesos. Quedará de usted apenas una bolsa de carne maltrecha y un reguero de sangre. Alcanzará a ver mientras corto uno o dos de sus dedos antes de entrar en shock, y se perderá del ensueño de la sangre manchando mis zapatos. Su muerte será algo lamentable, Señorita Herrera. Lamentable.


Julián Landeros, Cartelista.
(O Belle de jour)

- Esto es un obsequio de un buen amigo. Es una calculadora. Fue hecha en Malasia. Alguna vez estuvo en la banda de producción administrada por un robot ensamblador, programado por un ingeniero de Osaka, o quizá de Tokio e importado en barco. Manejado por las obreras jóvenes y adolescentes inmigrantes de Beijing, de Borneo, de Taiwán o de Camboya o de Laos o de Vietnam, cómo diantres saberlo.
(Julián Landeros, un poco ebrio, dirigiéndose a Gisela, una prostituta de unos diecinueve años un poco mareada, en una mesa del Cafe des Arts la noche de año nuevo. Había sobre la mesa una botella de Jack Daniel’s a la mitad y dos vasos todavía llenos.)
- Viajé durante mucho tiempo buscando a un hombre para matarlo. Debía vengar la muerte de Ivón, mi mujer.
La suerte y el camino me trajeron hasta aquí. Mariano Toussaint, el hombre que busqué durante siete años está muerto. Se murió de congestión alcohólica en el baño el muy cabrón. -Señaló hacia los baños. Gisela asintió, tratando de estructurar las palabras. Balbuceo un poco, y al final no pudo decir nada. Mariano no había muerto en Saint Étienne, sino en una cantina en Toulouse. Fue ametrallado, decapitado, destazado y arrojado al Ródano en 1993 por orden de Patricio Dorantes. El motivo: Su esposa, Ivette Herlihy, mantenía un affaire con Mariano hacía tres años. Patricio tenía una casa de descanso en Arlés, que le servía como bodega para todo lo que se podía conseguir en el muy joven Cafe des Arts. Estupefacientes. Enervantes. Anfetaminas. Armas; un poco de todo. Patricio volvía del Líbano, “de compras”. Los descubrió en la cocina. Ivette le servía el desayuno a Mariano, medio desnuda, disfrazada con el peor atuendo de mucama a la inglesa que había visto. Imaginó el risible coito, con Mariano, viejo, obeso y torpe, acicalado como un duque; Y con el ridículo acento francés de Ivette, que había nacido en Londres, diciendo obscenidades más propias de una pésima y absurda película pornográfica que de un adulterio digno. Sólo imagínenlo. Inenarrable.
Ellos jamás se percataron de su llegada. Patricio tuvo tiempo para bajar al sótano y cargar su viejo mágnum 44. Amartilló con las dos manos, como se debe amartillar un mágnum y gatilló con entereza, sin titubear. Mató a Mariano de un tiro por la espalda. No sintió en ningún momento que hubiera sido un disparo a traición; Mariano se cogía a su mujer en ese momento, también digamos, por la espalda. Los litros de sangre de la cabeza de Mariano sobre la alfombra y sobre todo su cuerpo bastaron para que Ivette se volviera loca. Patricio la arrastró hasta la puerta principal. Ivette corrió y corrió, con aquel atuendo ensangrentado, y nunca apareció de nuevo cerca de Patricio. Sus hijos, que al parecer sabían lo de su madre desde que inició, no tocaron el tema con su padre. Un tabú más en la casa de los Dorantes. Eso era todo.
En efecto, Patricio no sentía nada por su mujer. Sobre el sexo, le bastaban las jovencitas parisinas que se prostituían en cada bar de Arlés, o de Burdeos. Por esa parte, se confortó al pensar que una patología sólo se salda con otra. Y sobre el amor, estaba bien acostumbrado a estar solo. Lo que pasó, sólo fue un poco por el enojo del momento, y otro poco por lo patético del cliché.
- Mi hija Sofía ni me conoce. Ni me conoce.- Julián cayó dormido con la frente sobre la mesa. Sofía Landeros vivió, desde que fue secuestrada a los cinco años, en casa de Mariano Toussaint, por gusto y gracia de su esposa. Se casó hace dos años con Valerio Toussaint, a quien conoció desde niño y quiso desde entonces; Hijo único y heredero de Mariano. Socio mayoritario de Industrias automotrices Toussaint. Y uno de los cincuenta hombres mas ricos de Francia. Modernos Romeo y Julieta para una época donde una cosa era cierta: No le interesaba a nadie, salvo al romántico y borracho Julián, que despertaba a momentos, sólo para caer dormido de nuevo.
- Gisela, querida, no tengo para pagar el beso y el licor que me has dado.- La grácil mozuela llamo al gigante hombre de seguridad, quien echó a Mariano fuera del lugar, y este, sólo se acurruco en la acera de enfrente. Al despertar, poco recordaba de anoche, de Carlos o de Gisela. Sólo recordaba bien que este viaje había sido por completo inútil.
- He soñado que un hombre llega al café una noche, un sábado, y me invita al cine y luego al circo y luego a bailar. Sueño con aquella película en blanco y negro, Fausto, de Stanley Kubrick. Y en el circo escuchamos a Le fabrique du noise mientras comíamos de un algodón violeta. Y lo mejor es al bailar. Es la noche de año nuevo y me ha comprado unos zapatos nuevos. Me pongo el vestido Christian Dior que me puse el día de la graduación de preparatoria. Mamá me obsequio ese vestido para que esa noche nadie me hiciera menos. Fuimos al mejor centro comercial y a la mejor de las tiendas. Mamá gastó hasta el último escudo de sus ahorros. Bailé toda la noche hasta pensar que estaba muerta. Y lo estuve. Termino entre los brazos del aquel hombre haciendo el amor tendida enmedio del kiosco de una plazoleta donde nunca había estado. El hombre me disgusta, ha rasgado mi vestido nuevo en su afán maniático de tocarme. He perdido mis zapatos, y el agua helada en el suelo me hace abrir los ojos y voltear alrededor. Sólo hay pájaros negros. Expectantes. Horrendos. Veo el rostro del hombre convertido en un rostro de caballo. Termina y mancha mi vestido de semen. Veo después a mi madre esperando en la sala, con la luz apagada, sentada junto al fonógrafo, escuchando un disco de Cortez. El hombre se viste con un traje elegantísimo, y toma mi cara con sus manos ásperas. Me dice que tengo dos opciones. -Vete y avergüénzate. Di a tu madre que te han violado, y no te creerá, porque ella sabe desde siempre que eres una cualquiera. Ve y hazla llorar alto y hazla sentir cada día más miserable con tu charada. O ven conmigo. Seré tu padre, seré tu hermano. Y seré tu amante.
Mi vestido apesta a semen. Estoy tan avergonzada que dejo que me lleve. Me ha metido a un saco que arrastra por el suelo. Luego tengo seis años, y estoy con él en una montaña rusa. Le llamo Papá y el me sonríe. En ese momento soy feliz como nunca. Entonces despierto, en algún motel cerca del Cafe des Arts. Me dirijo aquí. Rouge du Gauguin toca muy bajo. O mis oídos están tan aturdidos que no escucho bien. Enseguida algún otro idiota me ofrece diez escudos por acostarme con él.
(Gisela a Julián, en la antesala del Cafe des Arts. Un mozo les indica cual será su mesa. Julián ordena una botella de Jack Daniel’s y un par de vasos.)
Casi es año nuevo. Julián avanza viéndose los zapatos color vino por Rue Mointmoire, a unas cuadras del Cafe des Arts. Recoge y lee una de las propagandas. Comédie-Française. Se presenta Nana, la intérprete de chanson y vodevil, con temas de Guillaume de Machaut y los Deftones. Diez escudos por entrar. Incluye una cerveza. Un telón púrpura y un escudo borgoñés. Nana sale a la escena con un brasier de seda rosa y un cinturón de castidad. Puede leerse en la herrería sobre el acero forjado, a la altura del pubis, la inscripción Musique mesurée. Nana Interpreta desolada y llorosa como nunca. Tal vez es la ciudad, o tal vez la tormenta que aguarda afuera, sólo a que un hombre se resguarde. Entra cuando la primera de un millón de gotas estalla contra el suelo. Ve a una mujer sentada en la antesala. Es muy joven. Mucho más que él. Tiene el donaire de un faraón. Y en la mano sostiene un relámpago, igual que un dios. El talle perfecto. Cuatro brazos como Kali. Y una invitación, hasta llegar a su boca. Su vestido negro se ve tan desgastado. Y debajo el tórax nada. Buscó bien, incluso abrió el tórax con una pinza e investigo con su linterna, pero no había nada.
- Patricio me regaló otro vestido. Uno guinda. Se acordó que hace un año murió Daniela, mi gata.
Patricio había mandado quemar el apartamento de Gisela con todas sus cosas dentro, incluso Daniela. Le advirtió que no quería verla haciendo amigos. Ni consiguiendo un novio. Le hizo entender que era de su propiedad. Que trabajaría dentro del café sólo con las personas que él considerara de confianza, y que nunca intentara alejarse. Aquella vez fue la gata. La próxima sería ella.
- También me compró un álbum para fotografías. No lo he llenado por completo. Siento que me faltan lugares por visitar. Y un amor a quien llorarle. -Le miró a los ojos y se acabó de un trago el vaso de whisky.-
- ¿Y tú Julián Landeros?
- He conseguido un trabajo como cartelista para el cine Madrid. Mi primer trabajo fue un cartelón para el estreno de Belle de jour, el próximo viernes. La directora del cine, con quien hice buenas migas desde el primer día, me ha dicho que el mismo Buñuel vendrá a la función, así que es probable que vea mi trabajo. Me prometió hablarle bien de mí, y quien sabe, puede que hasta me ofrezca un empleo como decorador dentro de los sets, o hasta de escenógrafo. También he conseguido un cromo bastante bien impreso de la Deneuve, para que me le ponga una dedicatoria esa noche. Hoy fue mi día de paga. La señora Meredith me dice que después del estreno de Belle de jour el cine volverá a ser tan glorioso como antes, y me aumentará el sueldo, pero hoy me lo voy a gastar aquí, porque no tengo con quien regresar ni tengo con quien ir. Yo vine nada más a matar a un hombre, y se me adelantó el desgraciado. Se me adelanto el desgraciado.
El cine Madrid era una viejo edificio de fachada Gótica, con gárgolas y rosetones del siglo XIV, a punto de derruirse, a las afueras de Saint Chamond, sirvió como Théàtre de Burlesque hace más de cien años, ahora no es sino un cine en pésimas condiciones donde se exhiben películas viejas. Ilich Tolstói, dueño de aquella ostentosa construcción, fue alcanzado y calcinado por un relámpago durante una tormenta en 1988, dejando a Anne Meredith Tolstói, su amantísima esposa, a cargo del cine que en pocos años decayó hasta la quiebra en 1996, cuando se le tachó de estar maldito dados los rumores de que el espíritu errante de Ilich Tolstói caminaba entre las butacas con una linterna de petróleo en la mano. Y acusada la pobre Anne de locura, cuando anunciaba a grito abierto frente al portón principal, abierto de para en par, que Luis Buñuel mismo vendría a la magna función de estreno el siguiente viernes, el cine Madrid es frecuentado ya sólo por amantes que gustan de hacerse el amor en la obscuridad del lugar, y voyeurs que saben donde encontrarlos; Artistas mendigos en plena decadencia. Admiradores obsesivos de Catherine Deneuve; Ebrios, desempleados y solitarios esparcidos sin patrón reconocible a lo ancho de la sala, donde hacía más de cuatro años no había una función de gala ni se estrenaba una sola película. El repertorio no excedía los cinco títulos, y era Belle de jour la que se exhibía hasta tres veces por semana, en función triple durante la tarde y una de medianoche. Y salvo por Julia y Lena, Hijas de Anne Meredith, nunca hubo más empleados hasta que llegó Julián, que además de cartelista, fue contratado como jefe de mantenimiento, conserje, vigilante, acomodador, taquillero, anunciador y encargado de la dulcería, además debía dar una orientación acerca de Bella de día a los clientes que aún no la habían visto. Todo por treinta escudos semanales, que usaría según su propósito, para embriagarse hasta morir.
Apenas pasada la una y cuarto de la mañana, Julián anduvo el camino de Saint Chamond a Saint Étienne a pie. Sacó de su vieja cartera piteada el papel roído con la dirección anotada. No lo desdobló. Lo arrojó al camino. Sabía ya de memoria como llegar al Cafe des Arts.
- Debo irme Julián, si el bello nos ve, seguro te mandará golpear.
Le costó trabajo ponerse de pie. Se arregló el cabello y se dispuso a dejarlo solo.
(Gisela y Julián, en el Cafe des Arts. Julián comenzó a llorar, aferrándose a la cintura de Gisela, que trataba de zafarse, histérica porque las lágrimas le manchaban el vestido. Julián la tomó por los hombros con fuerza e intentó besarla. Gisela logró escabullírsele, y Julián comenzó a gritar, de pie en medio del café: “¡¿Porqué te moriste Mariano, porqué fregaos te moriste?!”
Los dos vasos terminaron rotos en el piso debajo de la mesa. La botella estaba vacía).


Deveras lo amaba.

Destapó una botella de tequila Cuervo Especial, una edición de colección empacada en una caja de madera decorada con una pintura de su padre. La ocasión, creyó, lo ameritaba. Agarró dos caballitos de la cantina y se encaminó a la sala, donde aquél hombre aguardaba. Hojeaba un boletín de literatura que cayó frente a sus pies al caminar frente a la alameda. Supuso que alguien lo había dejado caer del alto edifico frente a él. Lo recogió para tirarlo en un cesto de basura, pero al echarle una mirada rápida quiso conservarlo y leerlo en el camino. Trataba sobre la nueva prosa de oriente y sus principales exponentes. Estaba por terminarlo, así que leyó la última parte mientras la esperaba.
“Querida mía -Contestó el padre, que era viejo y se hallaba enfermo- Si sucede que a las bestias del bosque inmenso, que son sanguinarias y son crueles, debas dar muerte para sobrevivir a sus fauces, sé igual a la bestia, sé sanguinaria, y sé cruel. No percibas de la bestia su ternura aparente o su celo de madre, que como lobo o hiena que es, la debe sólo a los suyos. Nunca al hombre, a quien considera perverso e inmundo. Mata a las bestias del bosque inmenso con odio y razón de que haces bien, pues preferible es a morir de su alevosía, y nunca, nunca escuches, por dulce que fuera, el sonido compasivo de tu corazón.
Shang Lao.”
Al ver al hombre, sentado en el sofá lleno de cojines sintió la realidad evanescerse y fugarse por el resquicio de la puerta que contenía con dificultad la ficción de Elisa para siempre. El suelo se dobló en una alfombra afelpada por el aire, donde sus pies bailaban al compás que marcaron los de él. La casa en penumbra les guardo un silencio estrepitoso, casi obsceno. A no ser por los perros, que terminaron por dormirse arrullados por el tremendo olor a miel que dejó la lluvia de abejas que caía afuera. Se sentó al lado de él, en el sofá mullido frente a las esculturas de su madre. Una casa llena de artistas que seguro no necesitaba de uno más.
El hombre se atrevió a llevarle un obsequio que eligió semanas antes en un almacén de joyas árabes. Un diamante pequeñísimo para colgárselo del delicado cuello. Un diamante negro para asomarse al futuro. Y un vestido negro, quizá demasiado corto para una ocasión formal, y desde luego para ella, que nunca gustó de mostrar sus piernas más arriba de sus rodillas. Vaticinios de la fatalidad. Unos parranderos que empezaban apenas la ronda a esta hora de la noche (estaban por dar las doce), cantaban-balbuceaban con desentono las viejas canciones de Julio Jaramillo. Él sabía que desmenuzar los hábitos tratando de encontrar resplandores inmigrantes no trae nada bueno, aunque ella ignoró todo. Lo hizo acompañarla hasta la recamara con un pretexto apenas formulado, murmurado entre besos. Dicho por el violeta de sus ojos.
- No sé si debamos salir. Escucha la tempestad. Y no sé si tenga unos zapatos adecuados que vayan con él. Dijo mientras arrojaba el vestido a la cama y se desvestía de espaldas al hombre que guardaba perpetuo silencio. Se dio la vuelta, y la luz titilante de la ventana hizo un claroscuro con su derriere enchinado por el frío. Temblaba, pero se rehusaría a vestirse otra vez. Al silencioso hombre se le ocurrió una sola elocuente palabra para decir ante la dramática piel caliente de Elisa y el insolente frío; Perfecta. El estruendo de la voz encerrada en las cuerdas vocales del hombre estremeció la gravedad, y el cuarto blandió. La intuición le aseguro que sus manos estaban diseñadas a la medida de los senos pequeño de Elisa, pero no los tocó. La tomó de la cadera y la hizo volar. Apartó con un ademán la estructura del techo y se abrió un domo de murciélagos que volaban vertiginosos. Mudos.
Bailó con aquel fantasma desnudo hasta que la luna cedió. Pese a que no la vio flotar, la sintió ligera, perfumada. Apenas perceptible por los sentidos humanos, ni tan agudos, ni tan sensibles, ni tan perspicaces como para saber que Elisa es una melodía de piano, más fácil de reconocer si fuera la inclemencia de allá afuera
- Un sólo beso mío puede matarte. - Dijo su voz al final de la habitación, sus labios cerrados lo dijeron con las paredes. Sintió crecer bajo sus pies el sembradío de orquídeas. Elisa se agachó para arrancar una de ellas. Dócil. Más pequeña todavía. Lo miró directo a los ojos. “Una flor de muerto”, le dijo.
- Es bueno que permanezcas en silencio. No gritarás cuando mis manos quemen tu piel de niño y mis piernas rompan cada uno de tus huesos.
Quedaba claro que el hombre pagaría el precio. A tientas encontró el interruptor y encendió la luz. Elisa, la desnuda, la omnipresente, quedo expuesta. Acorralada entre notas sin tiempo. Sonando indefinidamente, más como a marcha fúnebre que al sexo entre niños que se avecinaba. Salieron flores de entre sus piernas abiertas. Tulipanes, alcatraces, violetas, azahares y jazmines. Sangró un jugo agridulce de cereza por la boca. Y de nuevo comprendió que estaba hecha a su entera semejanza cuando estuvo a punto de comerse sus manos.
- Mi horror, mi monstruo- Dijo Elisa antes de caer dormida. Su desnudez no era total. Se había dejado el reloj, que retrocedía al triple de la velocidad normal. El diamante que se escurría por su garganta modificó su pasado. Los situó en un jardín precolombino, al borde de un campo de mangos-duraznos. Custodiados por panteras. Ella se convirtió en deidad. Él la inmoló con flores, frutas, con maíz, con plumas de tucán. Y durmió durante un siglo, y un nacimiento del sol, abrazado a sus pies de trigo.
Despertaron muy entrado el día. Tocándose los dedos. Olvidaron por momentos el detalle del desayuno hasta que Elisa bromeo al respecto. “¿Qué piensas que no como?” En el piso de abajo sólo estaba el mar, devorando escalones, metiéndose por debajo de la puerta. La sábana estaba cubierta por arena y la cocina seguro estaría inservible, lo mismo que la sala y la puerta. Al asomarse al corredor que daba a las escaleras vio los peces, los arrecifes de coral, las ballenas. Escuchó los pasos descalzos de Elisa aproximarse. No volteó. Aguardó a que le mordiera la oreja. -Adivina cuantos años tengo. Soy un bebé.- Le dijo antes de meterse al agua. Nadaba y respiraba con naturalidad. El hombre, siempre en silencio, la siguió con cautela y algo de miedo al principio. Estuvieron sumergidos durante mucho tiempo, pero en el corazón del hombre se gestó una necesidad por hablar. Nadó hasta ella, que jugaba con una mantarraya a confesarse secretos. El hombre aprendió de Elisa a comunicarse mediante lo demás, así que fue la mantarraya quien lo dijo. “Nunca dejes que termine.” Ella se estremeció. Abrió los ojos espantada, y trató de decir algo mientras el agua empezaba a ahogarla: “No debes dudar de mí. “ Pero el agua comenzó a salarse. Y la piel del hombre a carcomerse. Elisa hizo cuanto pudo para sacarlo a la superficie antes que el agua terminara con él. Llegó a las escaleras con el hombre inconsciente y aquella joya maldita se desprendió de su cuello, haciéndole una fina herida quirúrgica, y una línea tenue de sangre escribió en el mar.
- Que el hombre que ha dejado de ser ciego, está a cada momento añorando su ceguera. Que traigan nardos y café a este entierro. Mírenle muerto a este hombre en pos de una guerra conquistada tiempo ha, mientras dormía. Que se le haga esta inscripción a su lápida de sal como epitafio: Incrédulo.
- Debí morir como paloma, con mis piernas blancas fundidas a sus zapatos blancos. No esto. Debí morir en el mar, intoxicada por la espuma, cubierta de estrellas marinas, Debí ser sal, para defenderlo. -Se lamentaba Elisa amargamente- Quedó condenada a su casa de artistas para siempre. No acalla al mar. Deveras lo amaba.


Huapango de Laura.

Barro y agua de río
Para bautizar ballenas.
La costa bañada de aires
Y el pecho muerto de penas.

Alicia flor en el vientre
Ha parido claveles rojos.
La lluvia que se nos viene
Son sus corazones rotos.

En las piernas tiene milagros
Presencias que auguran llantos.
Reliquias de lo tardado
Que le cumplieron los santos.

Escorpión de Sonora,
Mesa del alfarero.
Hazme un gabán de sombras.
Házmelo de pelo negro.

Pinta un velo en mi ojo
Para engañar a la muerte.
Santos de barro negro
Mezcales para beberte.

En un juego de barajas
La sangre quedo sin dueña.
La dueña de los maizales
La lluvia que nos espera.

Para principios de agosto.
Que se sonroja la luna.
Se pasa llora que llora
Su difunto de la cuna.

Santa entre víboras prietas
Sonaja del niño pinto.
Ángel que no tiene aureola
Señal de que esta maldito.

Ese caballo ese hombre
Trinidad bendice la casa
Alicia se abre las manos
Para enseñarme sus llagas.

Santa entre víboras prietas
Sonaja del niño pinto.
Ángel que no tiene alas
Es porque ha de ser mi hijo.

Dale un beso en la frente
Lávale los vestidos.
Jura de cuerpo presente
Que no quedaré dormido.

Sepultado por la tierra.
Debajo de las penumbras.
El diablo tiene costumbre
De sentarse entre las tumbas.

Alicia tiene un rebozo
Para cargar los carbones
Para esconderse del rostro
De sus pasados amores.

Por injusta y por impostora
La codicia y la venganza.
Sonares de la tragedia
A la hora de la matanza.

Reina aromas de lima
Bauticemos las ballenas.
Agua dulce de pozo
Mis niñas hechas de estrellas.

Santa entre víboras prietas
Sonaja del niño pinto.
Ángel que no tiene altar
Mejor que se ahogue en el río.

Santa entre víboras prietas
Sonaja del niño pinto.
Ángel recién nacido
No lo traen arrepentido.

Santa entre víboras prietas
Sonaja del niño pinto
Andamos pena que pena
Para que nos des olvido.


Campanita
(O Le meilleur de la vie)

En la recamara de Adriana.
De un minuto hacia acá las canciones de sus discos perdieron sentido. Al sentarse en la butaca del cine encontró que la película trato sobre nada. Al suponer que había llegado el fin de algo importante, se encomendó a su ángel de la guarda.
En el chat de la computadora.
Santiago.- Devuélveme mis bloques de lego, y dame un beso muy largo, para conservar la forma del clavo en tu lengua durante el camino, y quédate dormida, debajo del verso en el techo. No me iré sin darte un beso sigiloso en la mejilla al marcharme por la mañana, como Judas enamorado, para no despertarte. Ya sabrás algo de mí después, en la vida sin hedor a cloro. Esta se anda despintando de todos lados, menos las flores. Las flores se quedaron en un coma de color. Cuando te despierte el frío en la madrugada y acomodes el cobertor de nuevo sobre tus pies, ten en cuenta que te querré más. Y más cada madrugada que pase. Te serviré de nuevo estrellas en una taza cuando llegues de correr. Corres hasta donde se mece la tarde para hacerse de noche. Hasta la línea índigo del horizonte. Mañana te llevaré un ramo de nomeolvides, en cuanto abras tu tienda de horrores.
Adriana.- Yo no tenía idea de que te llevaras tan bien con las gardenias. Si nomás es cosa de que te mande uno cada noche. Luego que terminas de cepillarte el cabello. Veinte veces un lado. Veinte veces el otro. Pasaditas las once, los mando con la llovizna delgada. Entre nieve de unicel y agua de sandía, con un recado escrito en papel de terciopelo, en un idioma muy antiguo. El idioma del limbo.
Santiago.- Me sé tu nombre, pero voy a llamarte Caja de estrellas.
En la calle.
Ariz abría su tienda de flores a las ocho, siempre muy puntual. Flores para enamoradas, flores para esperanzadas.
Entra la pareja.
Ella.- Disculpe, ¿Qué vende usted? Hemos pasado antes por aquí, y vemos peces eléctricos entrando y saliendo de su cabello. Rojos, azules, morados...
Ella, tan hermosa, de unos hombros tan pequeños y tan apiñonados, enseñaba el ombligo y el borde su tanga. Traía un milagrito de la Mano poderosa amarrado a la cintura y tenis de alpinista Chanel para aferrarse a la vida. En su camiseta se puede leer, si se sabe un poco de francés, Medio feita. Y él de camisa blanca. Relamido y con botas de quien va con su mujer a lo largo y ancho del mundo. La estampa de la Virgen del Carmen, “la buena” en la cartera, y un machete. Traía en la mano derecha a su mujer y en la izquierda un machete.
Ariz.- Si también yo la he visto a usted. Cuando pasa se oyen canciones de Björk, y huele a mandarinas. Hasta tengo guardado para ustedes un té de mariposas muy especial, para este día.
Vendo flores. Flores para enamoradas, flores para esperanzadas. Deberían pasar; hay tantas ventajas en tener flores en casa. Le cierran la puerta para que no entre el frío. Por cierto, acaba de irse una mujer que buscaba la flor de aura. Le expliqué que no vendemos más esa flor. Espero que no sea ese también su caso.
Ella - No. Es que hemos perdido todo. Teníamos un criadero de lobos.
Ariz. - Los invito a pasar. Adentro me lo contarán todo.
Ella. - No recibía una invitación así de atenta desde que fui Señorita zapatos nuevos 1996. Le agradezco tanto.
Ariz.- Pues pásenle, sólo espero que no venga otra loca a importunarnos, porque pienso preparar té.
Ella.- ¿Y su marido? ¿Qué no le parecerá mal?
Ariz.- ¿Joel? Si Joel no llega de trabajar hasta muy noche. Nada más esta mi hija Adriana. ¡¡Adriana Ven a saludaaaaaar!! Esta niña, se la pasa nomás piense y piense en el novio. Creo que es... navegante. Va en un barco de plata que casi no se mantiene a flote. Que da lástima. Les ofrecería algo, pero sólo hay pizza fría, y este rompecabezas y algo de soledad. En estado puro. Queda un poco de fanta en esa botella. Pero les decía, las flores son los órganos sexuales de las plantas. Los usan para seducir abejas, igual que nosotras. -Le dijo a ella, en voz baja, acercándosele al oído.
Y usted, señor... ehh...
El esposo.- Francisco. Yo tengo desde hace algún tiempo la ceguera de murciélago. Imagino el mar y lo dibujo. A mi esposa se le ocurrió ponerle unas gotas de sangrita y de limón, para mitigarle un poco la soledad. Y la sal y lo azul. Por poco lo convierte en un coctel gigante.
Ariz.- Es usted tan detallista, tan meticuloso. Usted se halló un joyita doña Ariz.
La esposa de Antonio, quien aún no se presentaba, replicó.
Ella.- Ariz no soy yo. Es usted.
Ariz.- Pues para mí, eres Aríz, igual que yo. ¡¡Adriaaanaaa, que bajes!!
Ella.- Me llamo Alicia.
Ariz puso los codos sobre la mesa, se inclinó para hablarles de cerca. Tan de cerca que pudieron reflejarse en sus ojos.
Ariz.- Yo creo que cuando usted la besa, señor Francisco, los labios de ella le saben a tunas. A tunas blancas.
Franciso.- Soy una tortuga golpeando contra la arena de plata. Vine a morder de lo que dejo Alicia. Vine a juntar ratas de la orilla del desierto. Vine a verla porque no contestaba el teléfono. Y vine porque detesto el teléfono.
Alicia.- Miro el mar, y escucho cada vez una canción mejor que la anterior. Y extraño la anterior y olvido la anterior a esa.
Francisco.- Se escaparon los lobos. Si los hallo los mato, para eso me traje el machete. Un día me hice de él, y sin más que la camisa blanca y el machete me hice amigo de las luciérnagas.
Ariz.- ¿Cómo hacen las flores para permanecer de colores a pesar de tanta abeja, cómo le hacen para estarse quietas?
Alicia.- Usted, que las conoce, ha de saber más. Aunque he visto que el índigo de la media noche les trae buenos recuerdos.
Adriana baja las escaleras.
Adriana.- En estas montañas sólo hay sueños enterrados y lombrices que se los comen.
Ariz gritó.
Ariz.- ¡Niña, adonde crees que vas! ¡¿Qué te dije?! ¡Que te pusieras a lavar! No somos ricas. No tenemos sirvienta, me oyes. Te sales al patio y empiezas a lavar.
Adriana.- Voy con Santiago. Me está esperando.
Ariz.- ¡Escuincla!, primero me aprendes a lavarte los calzones antes de que andes pensando en irte con el desgraciado ese, que quien sabe que intención se traiga. Que no te das cuenta: Es un perverso y un adicto.
Alicia y Francisco se miran entre sí. Ambos se paran de sus asientos.
Alicia.- Nosotros nos vamos. Queremos tomar el tranvía de las doce.
Ariz.- De ninguna manera. Disculpen ustedes, es esta mocosa que me saca de mis casillas. Les suplico que se sienten, vamos a seguir platicando. Todavía es muy temprano, además no hemos tomado el té. Adriana, prepáranos un tesito mi reina, no seas malita. Que sea de mariposas. Un té de mariposas que nos calme a todos.
Adriana.- ¡Mamá, Santiago me está esperando!
Ariz se levanto de la mesa furiosa. Tomó a Adriana por el brazo y la llevo a jalones hasta la cocina.
Ariz.- Escúchame bien. Nunca, nunca vuelvas a gritarme enfrente de mis amigos, mocosa idiota. Nos preparas el té y enseguida te pones a lavar tu ropa, ¿me entendiste?
Ariz volvió a donde Francisco y Alicia cuando llamaron a la puerta. Era Santiago.
Santiago.- ¿Esta Adriana en casa? Le hice un dibujo en el cielo, es para arrullarla, es para hacer que me sueñe. No entiendo el sonido, el aire ni la transparencia si no es en función de su voz.
Ariz.- No está. Y ya no quiere que la andes buscando.
Santiago la quitó del paso, entró a la casa y saludó cortésmente a la pareja en la mesa. Caminó hasta el patio con intuición. Escuchando las manos enjabonadas de Adriana tallar la ropa contra el lavadero.
Santiago.- Nini
Adriana escuchó la voz y se apresuró a terminar de lavar su ropa interior.
Adriana.- ¡No entres! Espérame allí.
Santiago.- Nini, ¿Porqué no fuiste Campanita? Pasé por la iglesia. Me gusta oírte rezar el rosario, aunque me aburre. Te perdiste a una jauría de lobos comerse las vírgenes de porcelana. Estuvieron los del Paris-Soir y hubo cámaras de televisión.
Adriana lo recibió secándose las manos sobre la camiseta blanca y recogiéndose el cabello con la sevillana de encaje.
Adriana.- Perdóname Pedacito. Mi mamá no me deja salir. Te voy a hervir el agua bendita que me sale del ombligo. El capullo no va a contener mi rostro de impostora que se vuelca. En situaciones distintas te diría que amanece según se van abriendo tus ojos, pero para mí, que me despierto desde las tres de la mañana a escribirte mis sueños, me basta enviarte indiscreciones por radio.
Santiago le mostró el dibujo. Una palabra manuscrita con estrellas en el cielo: Duerme
Santiago.- Te hice un dibujo en el cielo. Es para que te arrulles, es para que me sueñes.
Adriana besó a Santiago. Las serpientes de su cabello estuvieron a punto de morderlo. Apenas alcanzó a esconderlas de nuevo antes que Santiago abriera los ojos.
Adriana.- Llévame al estudio. Llévame a donde sea. Si quieres llévame a una jaula con cebras, pandas y vacas a que me decoloren. A ver si así no me encuentra.
Santiago.- Haré algo mejor. Te comeré con algunas cerezas. Ya dentro te agarras del corazón y allí te quedas.
Adriana se dejó comer. Se vistió de novia con la tinta negra de los brazos de su querido Santiago. Y allí tragó de la sangre hasta ahogarse. Un año después Santiago sintió una nausea, y la dio a luz por la boca.
Ariz regresó a la cocina a recalentar el té. Al pasar frente a la mesa trató de sonreírles a sus invitados, sólo logró una mueca incapaz de engañarlos. Preparó el té mientras se le pasaban las ganas de llorar, y volvió a la mesa a departir con Alicia y con Francisco, que leían un diario fechado el 2 de febrero de 1967. “Díaz es reelecto por sexta ocasión” rezaba el encabezado de la primera plana. Encendió el televisor gigante con el control remoto.
Ariz.- ¿No les fascina esa teleserie?
Alicia.- No tenemos televisión. Tenemos sólo un radio para escuchar a los Deftones.
Pasaban The Great Tragicomedy Surgery Show, un programa amarillista de relatos de hospital basado en hechos reales patrocinado por los aceites automotrices Esso.
En la televisión.
El médico.- Lo siento, la contusión provocó un sangrado interno que ha complicado las cosas. Temo que no sobreviva.
El hombre de la mafia enamorado de la paciente.- Vestiré a cada jazmín en casa para el funeral.
Transcurrieron minutos cansados e incómodos para Francisco y Alicia. Ariz no les prestó atención sino hasta los comerciales.
Ariz.- Santiago es un joven encantador. Y quiere tanto a mi hija. Y ella también lo adora. Espié su diario, la libretita rosa de Hello Kitty que guarda en uno de sus cajones.
Los invitados terminaron el té sin apresurarse. Le agradecieron a la anfitriona las atenciones y se despidieron al abordar el carruaje tirado por un rinoceronte. El conductor, un enamorado suyo de los años de escuela le saludaba en lengua de gavilán. Vestido de azul marino, con bombín. Bajó a besarle la mano. Ariz recordó esos modales refinados y la fragancia a espinas y a granada.
El conductor del carruaje.- ¿Es que no cambiarás mujer, y permanecerás hermosa para siempre?
Ariz sintió como el halago le devolvía un poco del aire perdido. Suficiente para postrarse orgullosa delante del zaguán, doncella y florista. Insolente, coqueta y hasta algo golfa, más de insatisfacción que de necesidad. Como una adivinanza que, aunque se tardara toda la vida, se empeñaría en contestarle a la suerte que la dejó allí.
Ariz.- Es que no tengo tiempo para morir. Soy como las flores caballero, igual de necia.


Adelita desesperanzada. Acto tercero.
(O Hades-Plutón)

El reloj de pared junto a la puerta marcó las seis. Dos minutos después, las campanas de la iglesia de Nuestra señora del Carmen clamaron el mismo mensaje. Segundos después el diminuto reloj de oro de Boris von Eschenbach. Y cuatro minutos antes, Justina preguntó la hora a una niñita afuera del edificio. Leyó el enorme reloj de pulsera de plástico rosa. “Son las cinco cincuenta y nueve” -dijo-. Por lo que Justina subió deprisa las escaleras para no demorar. Revisó su bolso antes de llamar a la puerta y ser recibida por la nueva secretaria. Contó una vez más el dinero.
- Tengo una cita con el Doctor Eschenbach.
- Usted debe ser la Señorita Eiffel. El doctor la espera.
Justina tocó la puerta un par de veces antes de abrirla y anunciarse debidamente. Boris von Eschenbach cubrió el auricular del teléfono con la mano izquierda y le pidió tomar asiento mientras solicitaba que comenzaran a preparar el quirófano. Le aseguró no tardaría más de veinte minutos. Justina esperó a que terminara la conversación y colgara el teléfono. Antes de ser tan terminante como se propuso antes de salir de casa.
- He venido a cancelar definitivamente la operación Herr Doktor. Lo he meditado bien y no creo estar lista todavía para abordar un hecho tan notable de la ciencia, pero que resulta tan repentino y desconfiable para mí. Traje conmigo el pago acordado para que este incidente no le mortifique en lo más mínimo. Lamento haberle hecho perder su tiempo. Con su permiso Doctor Eschenbach.
Puso sobre el escritorio el sobre con el dinero que cubría los gastos de la operación acordados en el contrato firmado el día anterior más un extra que Justina consideró más que suficiente para sofocar la decisión y salir inmediatamente sin ofrecer más explicaciones. Caminó hacia la puerta aún con la misma determinación e intentó abrirla. Al parecer estaba atrancada.
- Le suplico abra la puerta Herr Doktor.
Boris von Eschenbach permaneció callada mientras le miraba fijamente, sin moverse.
- ¡Abra la puerta! ¡Hágalo por favor!
La mirada tremenda de la mujer se posó en los ojos de Justina que comenzaban a lagrimar. Pudo advertir
que se sentía nerviosa y asustada, más que molesta.
- Abra la puerta por favor, se lo suplico. Le he dado el pago. ¿Qué más quiere de mí?
Boris von Eschenbach siguió sin decir una palabra. Retándola como una escultura griega de talle impecable y facciones inflexibles.
La noche anterior Justina salio del bar del hotel algo borracha. Subió a su habitación por las escaleras, a fin de no toparse con nadie en el elevador y subir a tientas sobre la pared. Entró en el cuarto y se dirigió de inmediato al baño y se arrodilló frente al excusado a vomitar. Alcanzó a jalar la palanca del depósito, bajar la tapa y recostarse sobre ella antes de caer dormida allí, cuando el teléfono sonó. Trató de incorporarse sin resultado alguno. Fue hasta la tercera vez cuando alcanzó el toallero para ayudarse. Caminó tambaleándose hacia el teléfono. Al descolgar escuchó la voz del recepcionista. “¿Señorita Eiffel? Tiene un mensaje grabado de Christiane Moyron, dijo que era muy importante que lo recibiera, ¿Desea escucharlo?”
- Por supuesto.
“Justina. He recibido una carta de mis padres. Me han pedido que acuda con ellos a Baja California a celebrar sus bodas de plata. He conducido unas cinco horas. Me detuve en una estación de gasolina y aproveché para llamarte y decirte estos acontecimientos: Supe, por mi viejo amigo Milo, de un hospital muy reconocido especializado en enfermedades de la visión en la ciudad de Budapest. Él mismo se ha atendido allí de un problema semejante a tuyo Y me lo ha recomendado amplia y generosamente. Sólo quiero que por ningún motivo acudas mañana con esos charlatanes facinerosos. A mi regreso planearemos el viaje, ¿bien? Por favor haz caso de mi petición. En unos días estaré de nuevo a tu lado y viajaremos juntas. Te quiero tanto, mi dulce Justina.”
Fin del mensaje. Fin del mensaje. Fin del mensaje. Fin del mensaje. Fin del... Justina colgó el teléfono, tomó un par de aspirinas y se fue a dormir.
Comenzó a tirar de la perilla de la puerta con desenfreno. Alterada cuan más. Llorando de miedo. La mujer, indolente, nunca apartó su vista de la de Justina mientras esta se vencía de horror.
El semblante Boris von Eschenbach esbozó una sonrisa pequeña, perniciosa.
- Cercenaré metódicamente su cuerpo con un cuchillo, y moleré sus huesos.


Ladies & Gentleman: Juliette.

La habitación 123 estuvo ocupada desde el jueves por la mañana. El frío que arreció obligaba a encender el sistema de calefacción General Electric al máximo para quitarle un poco lo desolador al lugar que embriagaba la tristeza.
- Semeja una inmensa cámara para mantener carnes refrigeradas. -Pensaba.
Héctor comenzó a arreglarse. Erika le hizo notar lo apuesto que se veía con el cabello relamido.
- Nunca salí de Italia. Ni siquiera había salido de Pisa. De niña soñaba con los países de que me hablaban en la escuela. Los imaginaba plateados, vívidos. Pero nunca de esta manera radiante. Veo a esas señoras bañándose de sol, yendo al mercado. Siento ansias de hacerlo yo. La ciudad me tiene embrujada. Quisiera quedarme por más tiempo.
- El avión sale mañana a las diez. Debo firmar los acuerdos hoy por la noche y asistir a la toma de protesta del General. Luego habrá una cena, así que pasaré la noche fuera. Probablemente duerma en una de las habitaciones de la mansión del General. Te veré en el aeropuerto al cuarto para las nueve en la cafetería Sonora. Y por favor no olvides ni pierdas los boletos.
- No has entendido. Quiero quedarme, no tomaré el avión. Probablemente al cuarto para las nueve estaré bañándome. Iré al Zócalo a ver a la banda de Jazz-Huapango que se presentará.
Héctor se anudó la corbata de seda y se puso su único saco negro, Erika apenas terminó de cepillarle un poco la pelusa ocasionada por el encierro en la maleta. Caminó hacia su mujer, que desayunaba cereal sentada en el sillón frente a la televisión, a unos cincuenta centímetros de la pequeña pantalla a color. Se detuvo tras de ella y la tomó por los hombros. Vio las caricaturas por un momento sin ponerles demasiada atención.
- ¿Me haz escuchado? Quince para las nueve en la cafetería Sonora.
- ¿Con qué golfa perdiste el último aliento de dignidad que tenías Héctor?
Él no dijo más y salió furioso a tomar un taxi.
Para Héctor no fue sencillo viajar desde Pisa para asistir a la toma de protesta del general Díaz, reelecto por sexta ocasión. Fue que intuyó que le asignarían un puesto como coordinador del estado mayor presidencial lo que lo motivó para venir tan aprisa y con tan poco dinero. La ceremonia se daría el viernes por la mañana, cuando apenas el martes salieron de Pisa a las ocho de la noche hacia Roma, al funeral del padrastro de Erika la mañana del miércoles. No era un hombre al que ella apreciara tanto. Fue a ver a su madre y lamentó mucho que apenas llegó a verla tuvo que avisarle que partía hacia México por un compromiso de trabajo de su esposo, lo que la madre le reprochó. Vuelos retrasados. Exceso de viajeros. Cambios de horarios. Todo parecía querer dejarlos en Italia, aunque ninguno creía en presagios. Tuvieron que conducir hasta Nápoles para abordar un avión a Londres, donde por fin trasbordaron hacia la ciudad de México. A Erika le bastaron las primeras horas, el trayecto del aeropuerto al hotel, para fascinarse con la ciudad desconocida.
En efecto Erika no se presentó al cuarto para las nueve ni nunca más en la vida de Héctor. Simplemente la rutina junto a él se volvió prescindible. Su jornada de trabajo de días enteros acabo por apartarlo tanto de ella, que se hizo completamente a su ausentismo. Y fue también a ver a la banda de Jazz-Huapango al Zócalo, con gafas oscuras y sombrero para protegerse del sol del mediodía. De colores frescos en la ropa que su ánimo exaltado le permitió. Hacía dos meses que supo que estaba embarazada, pero se prometió no decirle nada a Héctor antes de estar lista para alejarse de él. Para su suerte, la situación se le anticipó y le brindó una ocasión irrechazable. Llevó un vaso desechable de café vienés hasta las sillas acomodadas frente al escenario en medio del zócalo. Se sentó junto a una pareja de adolescentes y se dispuso a esperar la música.
El primer solo de batería con escobetillas para jazz en lugar de las baquetas comunes, se prolongó hasta casi los cuatro minutos como preámbulo a un contrabajo Stradivarius que latía como el corazón de un gorila furioso. Y un finísimo scratch introdujo al piano y al fin, a la banda completa con todo y la monumental y bella solista de color de voz potente y porte brillante. El minivestido de colores primarios, muy a los sesentas, hizo que Erika se quitara los lentes para admirarla sin filtrar ni un poco de aquella luz. La mujer de rizos negros hizo el deleite de todos los que asistieron, que de cualquier forma no fue una congregación muy numerosa. Las historias en tono tristissimo de idilios que rotunda e inexorablemente fracasaban, de hombres que amaban, de mujeres fatales que emergían de la garganta de aquella mujer incansable parecían basadas todas, -creyó- en las fantasías que sólo se atrevía a confesarse a solas. Entonces se presentaron antes de tocar la última deliciosa pieza, allegro agitato. El inglés con que dialogaron fue apenas comprensible (en español ni pensarse), dado lo pintoresco que resultaba el acoplado tan multicultural. Un prodigioso baterista de Baden-Baden, Alemania. Un caballero norteamericano algo mayor originario de Baltimore, Maryland. El pianista árabe, de Riad y aquella vocalista tan imponente como feminísima y esbelta, que a Erika se le figuró escuchar cantar a un vaso de yogurt con la fuerza de un maremoto. Julieta Chávez, de Lima, en el Perú.
Y un hombre solemne lamiendo delicadamente los discos con sus dedos detrás de la tornamesa y la caja de ritmos. Un francés bien parecido de semblante recio, que dejó su aterciopelado Saint-Étienne y salió al mundo a olvidar quien ha sido, a limpiarse la sangre con aquel sonido Borgiano.
Héctor, que no consiguió el trabajo que pensó, que incluso nadie le hizo mención alguna, sólo fue llamado por ser un viejo camarada del General durante su proceso de ascensión. Así que apresuró la copa de champaña y se tomó uno de los sillones de uno de tantos salones que tenía la casa como dormitorio. Al día siguiente, al esperar en vano a Erika decidió no perder el vuelo. Lamentó no haberse emborrachado hasta el tope en la pomposa fiesta, y durante el viaje se esforzó por no pensarlo, por convencerse de lo contrario al contemplar el panorama que se avecinaba sin ella a su lado. Luchó con estoicismo, pero al bajar de la aeronave y caminar con el viento fresco en la cabeza recién rapada y la tenue capa de sol, por la banqueta camino a casa, la certeza en la sonrisa y la palabra adecuada para definirla, llegó al departamento y se puso a dormir sobre la nueva, fulminante e inmensa sensación que lo ataviaba: El alivio.
Un día después de que Hector y Erika durmieran juntos por última vez, en el 123, los primeros truenos de una tormenta repentina lograron asustar por un instante a Judith Iscariote. Consideró luego de un instante que no eran anormales los truenos, pero con los minutos encontró por demás atractivo que el escándalo de la lluvia contribuyera a retorcerla de ensueño sobre la cama todavía más. Y aunque la tormenta tan de pronto como vino terminó, definió aquello como delirio. Al estremecimiento de las terminales nerviosas, la exaltación, el sudor y la tensión de los músculos; al frenesí, al placer que la desinhibía sólo puede llamársele delirio. Judith estaba pues en el delirio, fijando la mirada en un punto cualquiera, concentrada sólo en dejar de pensar. Se esforzó por apartarse la mano y alcanzarse los tobillos para desabrochar la hebilla de sus sandalias blancas. Sintió el interior de la habitación cerrada por dentro como una fortaleza, como un convento bien dotado de secretos, donde se escondía sin ser encontrada nunca por nadie. No tenía el más mínimo temor de dejar escapar un gritito entre alguno de los jadeos. En un instante el vértigo, al siguiente nada, como una sordera dentro de aquella cápsula sellada con aroma a oporto.
Se estiró hasta el buró por su bolso y lo vació sobre la alfombra gris azulado. La cartera abierta con quinientos cincuenta pesos, las tarjetas de crédito y una identificación falsa a nombre de Celina Cerrillo; una pequeña agenda, el lipstick café chocolate afuera de la bolsa para maquillaje. Un pequeño cepillo de dientes en un estuche de plástico, una tutsi pop y el teléfono celular. Entre que la virtud se muere y la decisión de coger el teléfono se sucedían, ansiaba que alguien llamara y le hablara en su interior. Que pusiera dentro su boca y la viera así, sin poder coordinar los movimientos que el cuerpo le exigía. El vaivén y la convulsión de la tez blanca. Los gemidos que sin la lluvia se hubieran escuchado en las habitaciones contiguas.
Como tableta efervescente arrojada al vaso que comienza a deshacerse, no contó los segundos que duró, pero los recordó después como horas memorables. Aún lo son. Siguen siendo a cada espasmo, hasta el cansancio. Dejó caer el teléfono junto a la cama, a punto de dormir, cuando sucedió. El timbre. Buscó con el dedo el botón para contestar y se lo puso sobre el estómago, aguardando la primera palabra. No había que seducirla, la moldura del deseo ni siquiera requería de una plática formal. Los sueños son ciertos a veces.
Lilian, su jefe inmediato. Salvadoreña. Acento exquisito para la ocasión.
- ¿Judith? ¿Judith, estás ahí? Contéstame por favor.
- Sigue hablando. Grita si es posible. -Pensó.
Comenzó a deslizar el teléfono hacia el ombligo cuando colgaron. Lilian marcó de nuevo para dejar un menaje: “Necesito que dejes el coche mañana antes de las nueve. Sé muy discreta. Regrésate en autobús. Te deposité un poco más de dinero. Esta es la dirección...”
Pasó un poco más de tiempo con el teléfono antes que el cansancio la obligara a dormir. Despertó a las seis de la mañana del día siguiente. Leyó el mensaje en la pantalla del teléfono y anotó la dirección. Calle Miguel Ángel, manzana-16, lote 1, edificio C. Departamento 202, col. Lomas Bulevares, Tlalnepantla de Baz, Estado de México. Las instrucciones del extraño encargo fueron muy concisas.
- Te llevas el coche hasta el Estado de México. Te detienes nada más por gasolina o si es muy muy preciso.
Si llega a pasarle algo al coche no intentes nada. Llámame de inmediato y no dejes que nadie lo revise. Cuando llegues allá, descansa en un hotel hasta que te envíe la dirección. Deja el coche estacionado justo allí y olvidas las llaves en la guantera. Te regresas y listo. ¿Simple, no?
Y así lo hizo Judith, sin preguntar más. Quizá advirtió que Lilian no le entregó la llave de la cajuela pero no le dio importancia. Esa llave estaba dentro su cerradura partida por mitad.
Llegó al lugar a las ocho diez de la mañana. Un lugar frente al edificio había sido reservado para que estacionara el automóvil. Sacó su maleta del asiento trasero. Metió las llaves en la guantera y cerró las puertas. Se dirigió a la esquina a buscar un taxi que la llevara la estación de autobuses.
Tan pronto como Judith abordó un taxi, salieron por la puerta principal del edificio dos hombres, uno con traje beige y el otro con gafas y traje gris oscuro que abordaron el auto color blanco. Condujeron hasta la residencia de la nueva dueña del auto, Leticia Mercado. Allí el hombre de traje beige forzó la cajuela del auto con una barra de metal mientras el de traje gris avisaba a su patrona, que salió al jardín todavía en bata. La cajuela quedo abierta ante los tres. Leticia marcó el número de Lilian sin dejar de contemplar el contenido. Los hombres de traje, incrédulos aún, se miraron entre sí con el rostro atónito por la impresión. Nunca olvidarían lo que vieron esa mañana. Y estaban obligados a no mencionarlo jamás. Lilian contestó. Intuía quien era.
- ¿Leticia? ¿Ya lo abriste?
- Ya.
- ¿Y bien?
- ...
- ¿Leticia?
- ¿Quién más lo vio?
- Sólo tú y el señor Valdemar. Me encargué de él.
- ¿Y la chica que lo trajo?
- No sabe nada. Pero dime, ¿Qué te ha parecido?
- Hay cosas que sería mejor no haber visto.


Seis casquillos al suelo.
(O Un recado para Camus)

- Soy Patricio Dorantes, el bello. Usted y yo ni nos conocemos y ya tenemos tanto en común. Le ofrezco un trago de mi mejor whisky, Señor Landeros. Vamos a tratar este asunto que nos concierne lo más brevemente posible. Luego voy a matarle.
Momentos antes, un ebrio Julián Landeros hizo aquel escándalo en Cafe des Arts. Tiró mesas. Intentó besar a Gisela, pero sobre todo, mencionó a Mariano Toussaint, y Patricio lo escuchó, así que hizo sacar a la gente del lugar, y mando a dos guardias traer consigo a Julián. Le sirvió el trago de whisky, que Julián le arrojo encima del traje beige. Entonces enloqueció. Lo golpeó con un marro de dos kilos hasta dejarle el rostro irreconocible y la mayoría de los huesos rotos. Patricio sintió curiosidad por un momento acerca de aquel hombre. Se acercó al rostro ensangrentado y le preguntó, sin reconocer del todo la ordenación de aquella cara cubierta de sangre, con la nariz rota, el párpado cerrado e inflamado por uno de los golpes, la quijada fuera de su lugar.
- ¿Y tú qué quieres con Mariano?
Julián comprendió quien era ese hombre. Lo tomó de la camisa con los dedos rotos y las últimas fuerzas de su cuerpo.
- ¡Tu me lo mataste desgraciado, tú me mataste a Mariano, cabrón!
Patricio sacó su arma de la pistolera de piel debajo del brazo. Julián se arrodilló llorando por la única cosa que lamentaba, que no vería nunca más a su hija y que no pudo matar al asesino de su familia. Patricio le apunto a la frente.
- Le disparé a Mariano los seis tiros de una mágnum 44 por motivos personales que no pienso discutir. Lamento haberle estropeado su venganza. ¿Debiera darle yo la paz, Señor Landeros?
Entonces llegó Atreo, que llevó a Julián a su casa envuelto en la bolsa de plástico, con una orden de Patricio.
“Llévalo a su casa y termínalo allí. Dile antes que Mariano ya pagó todo lo que debía. “
Julián llegó con vida todavía a su casa en Saint Chamond. Atreo lo sacó de la bolsa con dificultad por la sangre que se adhería al plástico. Le dio el recado de Patricio, aunque dudó que lo haya escuchado. Entonces Julián pensaba que la vida era de seda, la habitación y la figura frente a él eran de seda. Que él mismo era de seda. Le apuntaban a la frente por segunda vez esa noche. Escuchaba débilmente un murmullo incomprensible a través de los oídos tapados por su sangre. Era la voz de Atreo.
- Siempre sé porque estoy matando a un hombre. Eres el primero que no sé que diablos hizo.
Entonces le dio el balazo enmedio de los ojos. Se quedó un rato viendo la casa, los cuadros de Julián, el retrato de Ivón, la estampa de Catherine Deneuve, indagando sobre el hombre pero sin lograr armar nada. Sólo su nombre escrito en el gafete de identificación del cine Madrid. Julián Landeros. Cartelista.
- ¿Leíste El extranjero Julián? Justo así me siento.


El iconoclasta
(O Araña-Lobo)

Acordaron verse una hora antes en el café de Esparta para desayunar juntas e irse caminando al nosocomio. Gretell comenzó a trabajar con ella hace apenas unos días, en sustitución de una enfermera que había recibido su jubilación. A Natalia el cambio le cayó de maravilla. Ahora tenía una amiga para conversar durante la comida o los ratos libres, que de hecho eran muy pocos, y salir el fin de semana a divertirse. Natalia no le confesaba todavía lo de su extraño cambio de edad, pero lo haría en cuanto aceptara mudarse a su casa con ella. Gretell desarrolló también un afecto casi de inmediato hacia Natalia. Acababa de llegar a la ciudad y se hospedaba en un hotel frente a la Alameda mientras encontraba un lugar estable. Había rechazado un par de veces la invitación de Natalia a vivir juntas y compartir los gastos del departamento sólo como una rara formalidad, pero seguro que aceptaría en cuanto se lo volviera a proponer. Ambas cuidaban el pabellón 66, de trastornos secundarios a la psique. Había en total diecinueve pacientes. Doce de los cuales requerían cuidados intensivos y consumían la mayor parte de su atención, de modo que se repartieron seis y seis de los pacientes especiales, a fin de familiarizarse un poco con sus afecciones, y al resto los atendían según se presentara el caso. En general cumplían bien su trabajo, apoyadas por los enfermeros y practicantes de psicología que rolaban turnos en el pabellón. Muchos de ellos flirteaban abiertamente con las dos mujeres, especialmente con Natalia, más todavía desde su repentino rejuvenecimiento.
Según lo ordenan los médicos, estos pacientes delicados, debían permanecer aislados. Unos incluso bajo fuertes medidas de seguridad y ni Gretell ni Natalia podían tener ningún contacto con ellos. Sólo los guardias del hospital quienes les suministran enormes dosis de Roimnol para poder controlarlos, pueden lidiar con ellos, aunque son en su mayoría, casos perdidos. No era el caso del paciente de la habitación 6 del ala norte, la parte que según el mutuo acuerdo, le corresponde a Gretell. Un expediente difícil. Un trauma severo y un bloqueo parcial de la memoria y la afección remotas, con síntomas peligrosos de esquizofrenia y maniaco depresión. “Un pozo negro”, como lo sintetizaban los médicos. Según el expediente que Gretell leyó con detenimiento desde qué el paciente ingresó, Carlos Iscariote viajó a Francia con un acompañante, el cual fue brutalmente asesinado. Lo encontró en la casa que tenía en renta ocho días después del fallecimiento. El horrendo cadáver fue cremado de inmediato, y los restos nunca le fueron entregados por no comprobar ninguna familiaridad con el occiso y por considerarse aquello un crimen no resuelto. Las cenizas de Julián Landeros fueron sepultadas en un cementerio municipal de Saint Étienne, Ródano-Alpes. Al regresar a México con los primeros indicios del trauma, Carlos fue notificado de la muerte de su hermana Judith en un accidente de carretera cuando regresaba de la ciudad de México rumbo a su natal Baja California. El autobús quiso ganarle el paso al tren. El camión fue arrollado. Hubo más de treinta muertos. Fue internado en el nosocomio gracias a Lilian, quien lo encontró inconsciente en la casa de Judith. Llevaba más de un mes sin comer. Estaba débil y enfermo. Deliraba y estuvo a punto de morir de inanición. Al ingresar a la clínica reconoció a Natalia cuando la vio. Ella sin embargo no recordaba nada sobre aquel incidente en “El Filos”.
Nunca volvió a saber acerca de Heather. Y por supuesto tampoco de Justina. Natalia recibió alguna vez correspondencia de Alicia. Una carta póstuma donde se despedía de ella con tristeza. Alicia se tiró al mar en su silla de ruedas, de finas rodajas de una naranja.
Con el tiempo, Carlos recuperaba un poco la salud física. Inés solía visitarlo de vez en cuando. Le llevaba algunas piezas de pan a Gretell para que se las diera a escondidas de los médicos y recordara un poco. Luego la costumbre se perdió. Sólo estaba Gretell, siempre a su lado, curándole las heridas que se infligía, cortando su cabello y rasurando su barba. Le hablaba a la figura inerte, sostenía pláticas prolongadas con él tratando de mantenerlo digno, de no compadecerlo. A veces, durante las guardias de noche o los fines de semana, Natalia la bromeaba, “¿Cómo esta tu novio?”
- Despertará, yo sé que despertará. -Contestaba-
Carlos llegó al punto donde podía salir a caminar un poco por si sólo. Le permitieron lápiz y papel; hacía dibujos sobre la hoja rayada que no llegaban a ningún lado, pero era un avance que ponía feliz a Gretell.
Ella y Natalia sí vivieron juntas. Compraron un cachorro Rottweiler que resultó un excelente guardián para el pequeño departamento.
Una mañana de camino al trabajo, Gretell le compró un libro a Carlos. Tsen y el jardín secreto, de un japonés de veintiún años llamado Shang Lao. Se lo leyó durante las tardes de septiembre a noviembre, luego de la comida. Carlos generalmente terminaba dormido mientras ella leía.
“... La niña, que era ya una joven fuerte, después de caminar por casi un año, se encontró en el camino cercado por inmensos tallos de bambú a la primera de las bestias, una araña-lobo color marrón a la sombra y color bermejo ante el claro de luna, de temple tan violento como la peste o la guerra, que dijo con el silbido de su espada en el aire,
- Nuestras almas son depositadas por justicia dentro de esta situación: Odio tu alma. No existe verso ni palabra tan ruin que describa siquiera un ápice de mi odio.
La inmensa bestia alcanzó a reconocer un ligero aroma a eucalipto antes de morderle el corazón.
Y la joven, que era de un carácter solemne y voluntad sobrenatural, le aclaró, deteniendo con su mano, que no era la diestra, el brote vivo de sangre.
- ¿Qué es toda esta locura. Esta matanza que no tiene fin? Siendo tú, no hubiera visitado esas ciudades lejanas que te envilecieron. ¿Qué buscabas? Si de toda verdad que hay, siempre te dijeron sólo una parte y esa parte apenas si la conocerás a medias y esa mitad es mentira, y lo sabes. Y con todo y eso seguiste viendo, presenciando esa insensatez hasta que fuiste tu mismo la insensatez. Y vienes y me amenazas con argumentos de ciego. Estoy malherida, te pido que te apartes y me dejes avanzar, y no digas que me odias, porque no sabes hacer eso, para odiarme te hace falta inteligencia.
- ¿Y quién eres campesina? ¿Acaso eres la virtud?
- No, no soy la virtud. Soy tu espada. Y soy tu mano. Empúñame y clávame en tu pecho. “
- Dime Carlos, ¿Te está gustando?
Carlos sonrió. Por primera vez desde que lo conoció se sonrió.
- Haz despertado. Sabía que lo harías. Tengo tanto que contarte. Decidí ir a tu lúgubre Saint Étienne a completarlo por ti. Comencé a ahorrar dinero hace casi un año. Partiré hoy en un moderno buque de vapor. Completaré tu dibujo y te lo enviaré terminado y enmarcado para tu habitación lejos de aquí. Quizá para ese entonces hasta sepas decir mi nombre. Y cuando lo preguntes, voy a responder que la mujer de luto en el dibujo significa que tus muertos descansan. Y yo, que me quedaré a vivir allá también.
Tu dibujo será lo único que te mande junto a mis abrazos. Aire en mi cara, aroma de uva. No te desplomes.

Durante años he intendo pertenecer a ese genero medio grupi extralopitecus africanus, para poder verlo todas sus presentaciones, atraviado en ese nerdo vestuario demasiado ingles. ¿Por que es tan importante para la gema de Mongolia entretenerse con las mas puras inexpresiones del genero?, hace treinta años, aprox, que la mujer es medio considerada igual al varón. La renta del pequeño departamento de Paris es siempre sinonimo de daños irreversibles en los bolsillos. Las mas puras expresiones importantes del genero humano se basan, ultimamente, en dinero. Y tengo mejores intenciones para perderme en la ira, pero siempre miro la fotografía de mis padres de hace 8 años en mi cartera, para sentirme un poco reconfortada y tranquila. Para luego, entonces, perderme en los recomendables silencios perpetuos de la nada. Silencio y mas enjundia para la voz. La voz de esta locutora me parece, a estas horas, particularmente sexy y solemne. No deja de tener esa vigilia remota y de enternecerse a las horas de la madrugada. Es el unico país que se permite ciertas libertades. Mañana mi estupido trabajo de fotografia impresa es tan imposible que tendre que solicitar tambien el empleo de mesera extrajera en ese condominio Telez. Mi piel es tan oscura y amarga que el chocolate es una verdadera reliquia

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